Archivo del Blog

sábado, 21 de marzo de 2020

El pato que habla y le gusta leer.




El estudiante, con la mano izquierda en el bolsillo de su deslavado pantalón y con la derecha cargando un libro, caminaba junto al verdoso lago del parque municipal. En él, los patos nadaban y chapoteaban mientras pensaba "Estos animales son el cine para las personas como yo... los pobres y los olvidados". El cielo estaba cubierto de nubes viscosas y vaporosas, dándole oportunidad nula al sol de verano para brillar. Se sentó en una banca oxidada frente al lago y se dispuso a leer. En plena lectura, un pato se le acercó y dio un brinco a la banca donde se hallaba y se asomó a la página que el lector devoraba con ahínco religioso. "No sabía que Simbad el Marino fumó hachís con Aladino. Por eso detesto vivir rodeado de puros patos, nunca me entero de nada de la farándula literaria, todos son unos tontos que solo se preocupan por cazar a la lombriz mas gorda y jugosa" le dijo el animal al interrumpido lector. Éste, al escuchar la queja del pato, regurgitó la página, le sacudió la saliva, la dobló en cuatro y la metió en el libro. "¿Cómo sabes lo que es el hachís?" le inquirió el lector. "No me subestimes, humano". La plática tornose fluida y dinámica, recorriendo temas de mutuo interés. El humano se sorprendió ya que, a pesar de nunca haber salido del parque, el animal estaba dotado de una refinadísima visión del mundo. Cuando el cielo se oscurecía y la gente comenzaba a irse, el pato le pidió que lo adoptara. Al ver el rostro contrariado y confundido del estudiante, el pato le explicó que si se lo llevaba él tendría la deseada compañía y él acceso a su vasto librero, atiborrado de literatura que anhelaba leer. Después de pensarlo, aceptó y se lo llevó entre brazos, mientras el pato les parpaba por última vez a sus atolondrados amigos (que no notaron su partida debido a la pelea que se estaba originando por la potestad de Godofredo la lombriz, criatura juguetona que audazmente logró escabullirse y resguardarse bajo tierra; narración que reservaré para otra ocasión). 

lunes, 16 de marzo de 2020

El ogro Marcelo y el caza monstruos.




Con las puntas de su bigotito dorado apuntando hacia arriba, de manera pausada y precavida reptaba por la colina. A no más de tres metros, un ogro llamado Marcelo sentado le daba la espalda, despidiendo un poderoso aroma a mierda que le provocaba náuseas. El ogro estaba dormido y roncaba plácidamente. El caza monstruos se incorporó y desenvainó el arma que le colgaba de la cintura; se acercó con la espada bailándole en la mano, haciéndola girar del mango con gracia y elegancia. Estando lo suficientemente cerca del ogro, con la lengua de fuera, comenzó a aullar de manera chillona, siendo interrumpido por un ataque de tos y dándole al gigante la oportunidad de desperezarse y percatarse de su presencia. Retomando el interrumpido alarido, corrió y le clavó la afilada hoja en la espalda, haciéndolo graznar del dolor. Sonriendo de satisfacción, intentó desencajar la espada, pero está no cedía, y el hombre comenzó a angustiarse. Marcelo ya se estaba poniendo de pie, refunfuñando ásperamente en algún dialecto ininteligible para el oído humano. El caza bestias desenvainó una pequeña daga que guardaba como último recurso en la correa que rodeaba su muslo y lo comenzó a apuñalar. "Hijo... de... puta", espetando palabra por apuñalada y llorando de la impotencia. Apenas herido, Marcelo se incorporó y observó a un hombrecito que utilizaba mallas que corría por su vida. Con dos zancadas lo alcanzó, ya que el humano de las mallas se acababa de tropezar con una rama. Lo agarró entre sus manos y las apretó hasta que sintió que crujió. Después de agarrarlo de un pie y zangolotearlo, lo arrojó con furia escupiendo espuma por la boca. Lo pisoteó hasta únicamente dejar una pulpa viscosa y rojiza en el césped de la colina. Se volvió a dormir, ahora con la incomodidad de tener una espada clavada en la espalda. Unas lágrimas, dolorosas e inmarcesibles, asomaron en sus ojos.

Kimono azul.

La noche estaba en su auge. La luna llena iluminaba las habitaciones filtrándose por la ventana. Abelardo soñaba que volaba. En el s...