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sábado, 2 de noviembre de 2019

La potosina.

Al ver los puntiagudos y rojizos cabellos de la que enseñaba física, yo me fugaba del salón y me disponía a visitar los escenarios del libro que se abriera ante mi; ese día, yo combatía a Grendel, mano a mano con Beowulf, el héroe gauta. Interrumpiendo mis hazañas, una voz me preguntó: "Oye ¿a ti te gustaría dedicarte a crear historias que inspiren a los demás? ¿Te gustaría ser uno de los grandes de la literatura nacional? ¿Te gustaría ser el Sergio Pitol mazatleco? ¿Te gustaría que tu nombre estuviera en los libros de texto de tus propios hijos? ¿Te gustaría ganarte tu lugar en la Apoteosis de Homero, ahí entre Tasso y Mozart, o mejor dicho, entre la Ilíada y la Odisea, a los pies del maestro?". Al estar casi seguro que no había oído con claridad, le pedí que me repitiera su pregunta: "Que si me puedes ayudar con mi tarea de redacción, pinche sordo" me dijo apuñalándome la interlocutoraarriesgándose a perder mi buena voluntad. "¿En qué consiste?" le pregunté, ignorando la ofensa y a la maestra que intentaba resolver una maquina de Atwood (a los pocos minutos le pidió ayuda al inteligente del salón) "Tengo que hacer un escrito con base en una foto de cualquier compañero del taller, mira, es esta". Para mi sorpresa, me enseñó la foto de una niña de la cual yo estaba enamorado (la niña, obviamente, iba a la misma clase de redacción). Me puse nervioso y me sonrojé. La que no quería hacer la tarea lo notó, y se burló de mis falsas esperanzas. Después de analizar mi situación, me consagré a la obligación que tenía de hacer una redacción que estuviera a la altura de su perfección, tarea prácticamente imposible. El escrito resultó de la siguiente manera:

Las llamaradas estivales azotaban tácitamente los tejados neoyorkinos. El tráfico viandantal fluctuaba en las avenidas, a la par que el bullicio popular favorecía el detrimento de la tranquilidad, propio de cualquier capital mundial. Estrés, adulterio opacando la monogamia, eufemismos restando la magnitud verbal de maldiciones que flotaban en el ambiente. Había politeístas, artistas, mañosos, birladores e hijos de puta (literal y metafóricamente); lo verdaderamente importante es acotar la diversidad cultural y social de la ciudad.
Frente a los grandes ortejos (uña encarnada y mohosa) de la estatua de la libertad, una niña potosina, inteligentísima y bonitísima, poseedora de todos los calificativos positivos dentro de la semántica de belleza y perfección, junto a su madre y hermana, se tomaba una selfie, inmortalizando el momento. Posteriormente pasearon por el circuito de Broadway.

Mientras el inteligente del salón obtenía la fricción de la polea, yo le entregaba la tarea a la que no la quiso hacer, esperando que un día la niña que era dueña de mi corazón lo pudiera leer y me diera sus críticas, constructivas o destructivas, no me importaba, siempre y cuando vinieran de ella.

domingo, 27 de octubre de 2019

Edén.

Adán estaba dormitando. Disfrutaba de sentir el césped bajo sus desnudos omóplatos, mientras la sombra del almendro lo cubría del sol. El tigre que olfateaba su aroma y lo atisbaba con fehaciente cautela, después de varios minutos, se dejó acariciar por la palma del hombre, así como toda la fauna salvaje del jardín. A lo lejos, vio a Eva aproximarse, dando brinquitos, con una serpiente anudada a su cuello, que le siseaba algo al oído mientras ella masticaba con inocencia una manzana de un color rojo penetrante. Su mano derecha cargaba una cesta llena de estas. El rostro de Eva al cruzarse con la atónita mirada de Adán demudó; alzaron la mirada al cielo y juntos, abrazados y con los ojos llorosos, rogaron por clemencia.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Urbanidad.


"Por fin tengo una razón para saltar de la cama y ser feliz." pensó para sí el estudiante de medicina, que después de superar una ruptura, se hallaba de nueva cuenta enamorado de la inescrutabilidad de la vida. Más tarde, caminando por la calle con destino a su facultad, fue atropellado por un conductor irresponsable, que al no respetar la vialidad, hizo que su cráneo chocara contra el bache que el gobierno municipal nunca arregló, matándolo al instante. Más al sur, en una zona con menor infraestructura, una pareja bombardeada de infidelidades y decepciones resolvía todos sus problemas de pareja concibiendo a un nuevo ser, para poder amarlo y quererlo incondicionalmente. En el extremo opuesto, un joven (infeliz que había heredado la constructora de su padrino) ingeniero se suicidaba inhalando los monóxidos de su convertible rojo, el último grito de la moda automotriz, dejando su carta de despedida en el asiento del copiloto. En el centro de la ciudad, a un adolescente que provenía de una de las zonas marginadas del país le era anunciada, desde una cabina telefónica, la obtención del trabajo que necesitaba para mantener a su hermana embarazada. A dos cuadras de la cabina, durante una clase de geografía, un niño gordo y pecoso saboreaba su primer decepción amorosa, después de declararle su amor a la única niña desarrollada del salón. Todo esto y otras vicisitudes propias de la urbanidad las observaba la vidente (o como ella se hacía llamar, "Licenciada en Futurología") desde el cutre establo, rodeada de paja y cerdos, mientras sonreía y prestidigitaba la mística baraja (que había obtenido en una pelea de gallos en Catemaco, Veracruz), viendo con deleite el torrente de misterio e ilusionismo que se anteponía, translucido y brillante, frente a sus ojos.

lunes, 14 de octubre de 2019

El Abelardo y la Eloísa.

El torbellino de sentimientos y emociones que taladraban la conciencia de Horacio, paulatinamente, llegaron a su punto álgido cuando, escrutando hacia el interior de la casa de su novia, a través de los grandes ventanales que se hallaban en la fachada de la misma, observó con lucidez detectivesca a su novia entregándose a un cuerpo y a unos brazos que no eran los de él. No sabía que hacer, como es natural en situaciones como esta. El ramo de girasoles que cargaba lentamente se le hizo excesivamente pesado, así que para despojarse de él, lo arrojó con fuerza a la ventana del carro de su suegro, detonando la alarma antirrobos (eran muchos girasoles). La sirena pareció no preocupar a los amantes, ya que ellos, sin inmutarse, siguieron descubriendo los sabores de su prójimo. Se sintió ofendido e infravalorado hasta al cero absoluto, tantito mas abajo que el cero que él utilizaba en sus clases de matemáticas financieras. Dando grandes zancadas, se dirigió a la puerta principal, pateándola con la punta del pie, imaginándose que la entrada a la casa era el atractivo rostro del responsable de la tentación de su novia. Apenas abrió un pequeño boquete a la puerta, a la altura de su cadera. Encolerizado por la falta de fuerza, la volvió a patear, haciendo el orificio más grande. Y fue ahí cuando, asomándose, los vio; a los amantes incomprendidos, al Abelardo y a la Eloísa del siglo XXI. Eloisa ya estaba dispuesta a quitarse el minúsculo corpiño que cubría sus níveos pechos cuando, el Abelardo, notó un rostro endiablado que los observaba a través de la puerta rota, soltando humo por las narices. La alarma seguía sonando, y los vecinos comenzaban a asomarse. "¿Qué chingados?" exclamó confundido Abelardo mientras se ponía sus pantalones y se encaminaba a la puerta para confrontar al intruso. Horacio ya lo esperaba del otro lado, con su puño listo para fundirse en el pómulo del galán. Al abrir la puerta, Abelardo, recibió el golpe, cayendo de espaldas, con cero de sentido de orientación espacial. Eloísa gritó y corrió hacia la cocina, dejando su falda corta encima del sillón donde con anterioridad se hallaba. Horacio se posó encima de Abelardo, y comenzó a golpearle el rostro, mientras le maldecía y le calumniaba con desgracias eternas. Los vecinos, al escuchar lo que pasaba en la casa, llamaron al número de emergencias. "Buenas noches, cre-creo que se e-estan metiendo a robar a la ca-casa de mi vecino" *Silencio de parte del vecino al escuchar las indicaciones de su interlocutor* "Claro, cla-claro, la dirección es la siguiente..." dijo el vecino tartamudo. Cuando Horacio se cansó de golpear y Abelardo de ser golpeado, una segunda Eloísa bajó por las escaleras, con la cara hinchada, dejando en claro que recién se despertaba. Fue ahí cuando Horacio recordó que su novia le había llegado a comentar en alguna cita que ella tenía una hermana gemela y que ya no podía esperar para presentársela. Pálido del miedo y de la consiguiente vergüenza, se paró y mientras se rascaba el cuero cabelludo, comenzó a disculparse; con Abelardo inconsciente y sangrante en la entrada de su casa, una gemela llorando semidesnuda en la cocina, el carro con la sirena activada, la puerta rota y la policía en camino. Sofia (que era el nombre de la novia "original") no podía procesar lo que estaba viendo, recién acaba de despertar de un sueño no tan loco como lo que estaba viviendo. "Perdón, perdón, perdón, esto no es lo que parece" fue una de las muchas excusas que dijo a su atareada novia. En media explicación, la policía entró en escena, esposando de inmediato al compungido Horacio, creyendo en realidad que se trataba de un ladrón que había acribillado a golpes al atractivo joven que se hallaba en el suelo, en su heroico intento de defender la casa. Solamente estuvo media hora en la comisaria, ya que Abelardo había recobrado la conciencia y había contado su versión de los hechos, y esta coincidía con la de la gemela exhibida (cuyo nombre, honestamente, no nos importa). Al final, los padres de Horacio tuvieron que pagar una multa por alteración del orden público, para poder así liberar a su pasional hijo. A la gemela exhibida la castigaron, ya que, a diferencia de su hermana, ella tendía a sucumbir con facilidad a las tentaciones de la carne y, sus padres, al notarlo (descubrirla), le prohibieron fehacientemente tener novio hasta que se acercara a la eucaristía que se impartía todos los domingos en la parroquia de la cuadra. Sofía, casi obviamente, terminó su relación con Horacio, y este, aprovechando la soledad de la ruptura y haciendo momentos de autorreflexión, llegó a la conclusión que no le gustaba el rumbo que estaba tomando su vida y, armado de valor, se mudó de con sus padres para perseguir sus sueños de convertirse en un cineasta famoso y reconocido. Su experiencia con Sofía y su fatídico final le valió de experiencia e inspiración para su primer largometraje, que le brindó un puñado de premios y un aletargado reconocimiento nacional. 

sábado, 24 de agosto de 2019

Ernesto el Vampiro.

Encontrar a una niña bonita en una facultad de ingeniería es como encontrar un zafiro de Birmania enterrado en el patio de una casa abandonada a la suerte del tiempo, o sea, poco probable (Tú, niña bonita de ingeniería, eres uno de esos zafiros). Así que, una vez hallando una por mera clemencia del universo hacia un desalentado universitario novato, decidí invertir una fracción de mi tiempo y de la clase siguiente en la conversación con ella, ocasionandome llegar veinte minutos tarde al salón. De igual manera, al entrar e interrumpir la cátedra, fui víctima de las miradas de reproche de mis compañeros, puntiagudas como tijeras de punta roma, inofensivas a simple vista pero letales si se usan con la destreza y habilidad necesaria. Después de dictarnos tecnicismos de las ciencias de la comunicación, la maestra anotó en el pizarrón las siguientes palabras: "Ovni, Payaso, Vampiro, Girasol, Amarillo, Rojo, Niño, Tren, Policía". El listado representaba palabras con las que quería que redactáramos un cuento en un intervalo de cinco minutos. El resultado, sin pena ni gloria, fue el siguiente: 

(La versión mostrada fue sometida a varias correcciones ortográficas, gramaticales y de estilo) 

*El tren avanzaba lentamente y con esfuerzo contra la tormenta. Después de horas de trayecto y con el cielo ahora despejado, este llegó a la Estación del Girasol. Gilberto el Payaso, con nariz roja, peluca verde y un overol multicolor, resignado, se apeó del tren y camino hasta donde se hallaba un policía de la estación, ya que era la primera vez que se presentaba en esa ciudad. El entrecruzamiento de las avenidas le parecía similar a laberintos habitados por minotauros y explorados por héroes que les daban caza. Un niño, al ver a Gilberto el Payaso anotando las indicaciones que le dictaba el policía (cuyo uniforme, contrariando las normas de vestimenta establecida, era una estrambótica combinación de rojo y amarillo) en un pedazo que arrancó del periódico que anteriormente cargaba bajo la axila, corrió y se prendió del talle de su madre y, resguardado por la voluptuosidad de la mujer, se echó a llorar. Gilberto, con empatía, bajó la vista y lo observó. "Posiblemente, si yo me viera a mi mismo, también me echaría a llorar". Mientras estudiaba la licenciatura en teatro, el ser contratado para fiestas infantiles no figuraba dentro de su proyecto de vida. Prendió un cigarrillo y se replanteó en lo que se había convertido su existencia. Una vez anotadas y supuestamente entendidas las indicaciones, un espectacular que hacía promoción a la película de moda con letras tridimensionales y rojizas "La guerra de los mundos, el retorno de los Marcianos", no pasó desapercibido por la atención de Gilberto. Este tenía caricaturas del prototipo básico e incluso inmaduro de la palabra "ovni", simples discos voladores manejados por criaturillas verdes. Al llegar a la ubicación, después de media cajetilla y de planteamientos de dudas existenciales que se quedaron sin respuesta, a lo lejos distinguió la única casa del vecindario que era rodeada por niños que parloteaban y gritaban. Resopló e intento sonreír, tratandole de dar la mejor cara a la vida pero, cuando llegó al destino, observó con espanto a los niños, y más aún a la fachada de la casa. Esta se hallaba adornada con calabazas, murciélagos y gatos negros. Los niños eran burdas imitaciones de hombres lobo, momias, zombis y brujas. Fue en ese momento cuando recordó la verdadera petición; habían contratado a Ernesto el Vampiro, no a Gilberto el Payaso.*


Al finalizar la lectura y de soltar una risilla tierna que me recordó a mi maestra de Geometría y Trigonometría de la prepa, me dijo con una afable sonrisa en el rostro "Está bueno". La sinceridad me llegó al corazón. Fue ahí cuando, solemnemente, le prometí en silencio no volver a infravalorar su clase a consecuencia de las distracciones que ocasionan las niñas bonitas de la Facultad de Ingeniería.

sábado, 10 de agosto de 2019

Carrusel.


Al tercer año de mi vida, las montañas rusas y el algodón de azúcar me eran indiferentes. El arrebol era señal del inicio de la faena. Cuando a través de la bocina se escuchaba una canción de carnaval, comenzábamos el movimiento de traslación, con las crines peinadas y mentalizados a tolerar la masa de niños obesos con coulrofobia. Mi existencia era una circular, interminable y tempestivamente carente de sentido. A mí derecha, había un perro. Debido a su altura, muy pocos niños lo montaban, con la excepción de los más pequeños. Trémulamente me confesaba que eso no le representaba un problema, ya que había escuchado de elefantes y ponis que, debido a un excesivo y peliagudo trabajo, terminaban con lesiones en las coyunturas, viéndose los encargados con la necesidad de reemplazarlos por una versión más moderna y ergonómica. Todos mis compañeros se veían felices, como si no les importara vivir para servir a infantes malcriados. La cebra de mi izquierda relinchaba feliz mientras yo la veía con desagrado, ya que trataba de imitar a la media de la empresa. Me vi harto y desesperado, exasperado por el niño que lloraba como si no le fuera suficiente montar al caballo más atractivo y veloz del carrusel. Me balanceé de derecha a izquierda con toda la vehemencia que me era posible, tratando de liberarme de mi prisión, tratando de alcanzar la libertad que me fue arrebatada al nacer. Luché con fuerza contra el mecanismo que me ataba, relinchando del cansancio. Al final, mi cuerpo de plomo colisionó contra el césped, rompiéndose a la mitad (y fracturándole una pierna al niño); pero mi espíritu aventurero huyó galopando, libre y regocijante hacia donde la madre tierra le pedía su presencia.

sábado, 3 de agosto de 2019

El juego de Simón.

Ser "el nuevo" nunca es fácil. Teniendo una rutina establecida que, de súbito, se quiebra y se transforma en algo completamente diferente, es algo a lo que uno no se puede acostumbrar fácilmente. Así me pasó cuando, por cuarta vez, me mudé a un estado al que no conocía. Y honestamente, nunca es sencillo encajar en los círculos sociales, y mucho menos en los de los potosinos (y no quiero que se me tome a mal, estas tierras me han forjado como persona y he conocido personas que son muy afines a mi, pero me costó trabajo, y mucho). Siguiendo la tradición familiar, ingresé en uno de los colegios religiosos más populares de la ciudad. Llámenos al "antagonista" de esta historia, Filemón, que vendría siendo el prefecto de la institución (que en realidad no se llama así, pero tiene un nombre igual de simpático). Estaba cursando tercero de secundaria y las cosas no podían ir peor en mi vida. No tenía amigos, extrañaba a la novia que había dejado abandonada en la ciudad anterior y el acné ya estaba manifestándose, o sea, todo mal. (Un pequeño intermedio para entender mejor el resto de la historia: Como parte de mi léxico regular para afirmar algo, en vez de utilizar un ramplón "Si", a veces prefiero jugar con el lenguaje y utilizar un "Simón". Fin del intermedio). Ahora, viene la parte medular de esta narración. Mientras la maestra nos explicaba como balancear ciertas reacciones químicas según la naturaleza de sus reactivos y yo, dejando que mi cerebro por inercia desechara al instante esa información, Filemón, el prefecto, entró al salón. Obviamente, ante semejante autoridad escolar, la maestra interrumpió (gracias a Dios) su clase para cederle la palabra. Llevaba una lista en mano para anotar a los alumnos que habían decidido no utilizar el uniforme escolar y, mientras su bigotito hacía juego con sus tirantes, un halo de disciplina militar rodeaba su cabeza. Yo, por mi parte, logré captar su atención, pero no puedo recordar la razón. (Y lo he intentado para darle mayor fidelidad a la narrativa). Supongamos que fue por traer el cabello largo (es lo más posible). Después de analizarme con pulcritud papal, me indicó que me pusiera de pie, a la vista de todos mis compañeros de clase. "En esta escuela no está permitido traer el cabello largo, yo entiendo que te guste lucir tu grandiosa melena, pero aquí es una escuela, no un zoológico. Así que por favor, cortate el cabello" me dijo mientras sonreía, con sorna "¿Si me pudiera hacer el favor, verdad?". Al finalizar su intervención, las miradas de mis compañeros se clavaron en mi, tratando de hurgar la parte más recóndita de mi ser. "Simón", le respondí con toda la naturalidad e inocencia que puede transmitir un puberto con cambios en la voz y acné en el mentón. Risas apagadas en una esquina del salón, una carcajada sonora del otro lado de este y un susurro popular que lentamente mandó al olvido los jeroglíficos científicos que la maestra recién había escrito en el pizarrón. Filemón, extrañado y divertido, tomó una postura de defensa, como si yo fuera un toro de Lidia. Todo parecía indicar que Filemón y mis compañeros la estaban pasando muy bien y yo, por dentro, también hallaba divertida la extraña transformación de la casi diaria y rutinaria visita del prefecto. "¿Usted conoce a Roberto Jordán?" -me preguntó mientras me observaba interesado- "Hay una canción de el que se llama el Juego de Simón. Si no me la cantas mañana cuando venga a tu salón, te aplicó un reporte" (que es la máxima sanción en el colegio). Yo, emocionado por la atención, le repliqué: "Simón, cuando venga se la canto". Una estrepitosa carcajada inundó el ambiente, logrando sonar en todas las inmediaciones del colegio. Filemón, después de despedirse de la maestra, salió muy contento. Yo, inocentemente, creí que me estaba tomando el pelo, como si toda la escena hubiera sido una manera de ganarse mi aprecio. Al día siguiente, mientras disfrutaba un pequeño momento de fama amén de mi previo capítulo de rebeldía escolar, vi a Filemón en el marco de la puerta. Sentí como un frío, desde la nuca, recorría mi columna vertebral. Para mi sorpresa, sí había ido al salón y me estaba pidiendo que la cantara y yo, obviamente, no la traía ensayada. La decepción se reflejó en su rostro y vi como, junto a mi nombre impreso en la lista, anotaba una "R" (de reporte). "Pasas por el cuando termines tus clases" me dijo sin verme, mientras fingía que comprobaba algo en la lista asintiendo con la cabeza. Yo, preocupado, comencé a sudar, y fue a los cinco minutos cuando mis compañeros y yo olfateamos la ausencia de cualquier desodorante en mi axila. Nuevamente, todo mal. Tratando de hallar una solución al problema al que yo mismo me había metido, le pedí a la maestra en turno que me dejara ir al baño, aceptando con desdén. Fue ahí donde, utilizando mis datos móviles, escuché por primera vez la famosa canción. La melodía me pareció anticuada, pero tenía un ritmo que me incitaba a que la bailara. No la bailé, pero si la canté, mientras las decorosas flatulencias de alumnos ocupados en lo suyo acompañaban a Estelita Núñez en el coro. Todos los que entraban al baño me veían con cara de confusión, para después, al salir, burlarse de mi con algunos deambulantes que habían decidido perder clase. "Es que la neta güey, si te ves muy chistoso cantando en el baño" me confesó uno de los impúdicos que me analizaba con curiosidad mientras orinaba, sin siquiera tener la educación suficiente para orientar el chorro en el mingitorio. Después de aprenderme la primer estrofa y el estribillo, rápidamente corrí a su oficina, donde parecía que me esperaba, divertido. La comencé a cantar y el prefecto esbozó una sonrisa, mientras recordaba sus épocas doradas. Satisfecho y orgulloso de lo que me había hecho hacer, borró la fatídica "R" de su infernal lista. Desde ese día, mi nombre de pila pasó a segundo plano ya que, siempre que nos topabamos en los pasillos de la escuela, me preguntaba con alegría (o enojo) "¿Cómo está usted, mi amigo Simón".

Kimono azul.

La noche estaba en su auge. La luna llena iluminaba las habitaciones filtrándose por la ventana. Abelardo soñaba que volaba. En el s...