Adán
estaba dormitando. Disfrutaba de sentir el césped bajo sus desnudos omóplatos,
mientras la sombra del almendro lo cubría del sol. El tigre que olfateaba su
aroma y lo atisbaba con fehaciente cautela, después de varios minutos, se dejó
acariciar por la palma del hombre, así como toda la fauna salvaje del jardín. A
lo lejos, vio a Eva aproximarse, dando brinquitos, con una serpiente anudada a su cuello, que le
siseaba algo al oído mientras ella masticaba con inocencia una manzana de un color rojo
penetrante. Su mano derecha cargaba
una cesta llena de estas. El rostro de Eva al cruzarse con la atónita mirada de
Adán demudó; alzaron la mirada al cielo y juntos, abrazados y con los ojos
llorosos, rogaron por clemencia.
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