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miércoles, 27 de noviembre de 2019

Rojo carmesí.





El perro aullaba bajo el olmo que estaba frente al portal de la casa, pronosticando la fatalidad. Desde el estudio se apreciaba en cuarto menguante al satélite natural, cuya luz entraba a través de la sucia ventana, dándole claridad a la noche que invadía al cuarto, minimizando la penumbra absoluta. El pintor, orgulloso, soberbio e imbatible, trabajaba en su última obra. El sudor le perlaba la frente. La mano izquierda cargaba la paleta, que era ya una amalgama desfigurada y desvirtuada de colores. Sobre el óleo, desbordando melancolía, trazaba el oleaje marítimo que estaba junto a un minúsculo pueblo pesquero. En este se veía como la luna, casi naranja, se reflejaba en el espejo acuático. En el pueblo se observaban diminutas partículas bioluminiscentes que corrían de un lado a otro, simulando luciérnagas. Las luces de las humildes cabañas estaban prendidas, compartiendo el mismo color que la luna. La gente estaba frente a sus casas sentadas en una mecedora o bien, en el terroso asfalto, masticando y compartiendo tabaco mientras debatían sus experiencias del día con el vecino. En una esquina, casi imperceptible, un mercado de mariscos a punto de cerrar, con los comerciantes y pescadores mentalizándose para la jornada próxima. Las manadas callejeras acosaban a transeúntes despistados, causándoles pavor, obligándolos a corregir la ruta que tomarían para llegar a su casa. Una mujer se entregaba a su pareja, sacrificando la noche, el aliento y el fresco clima, haciéndole honor y rindiéndole culto a la pintura de Safo que colgaba de su púrpura pared. Un circo ambulante montaba la carpa para la función matutina, roja y blanca, así como el maquillaje de su personal. Una hoguera común daba calor y hospitalidad a los que regularmente no la tenían. Frente al pueblo, en el despostillado muelle, barcos pesqueros decrépitos daban indicio de una economía que se acercaba a una inminente recesión. Las noctilucas salían y brillaban, acompasando su fulgor con la fauna marítima. En la noche que corría y en la desaseada habitación, era un cuadro vivo, que transmitía vida, color y esperanza. El pintor, satisfecho con su obra recién finalizada, se estiró un poco, analizándola, con los brazos en el aire y haciendo una mueca. Logró darse cuenta que le faltaba el último detalle. Un poco lúgubre pero sonriente al mismo tiempo, tomó del piso el calibre .22, abrió la boca simulando a una serpiente que devoraba a un resignado roedor, se metió la pistola y apuntando al paladar, jaló el gatillo. Cuando el olor se convirtió en hedor y comenzó a molestar a los vecinos, uno de ellos entró a la casa. En el estudio, un cuarto desamueblado y maltratado, el vecino solamente halló un óleo en blanco manchado con una artística salpicadura de sangre, frente a un cuerpo que yacía inerte en el suelo, flotando en un charco rojo carmesí.







domingo, 17 de noviembre de 2019

El hombre de hojalata.





Se despierta, se encera los cabellos que se resisten a la calvicie y se viste con su juego predilecto, un traje (con detalle en la solapa) color azul Oxford y una corbata color salmón. Asiste al trabajo, termina la jornada y se regresa manejando, mientras hace berrinche a causa de la mala paga y fantasea que atropella a los kamikazes que cruzan la avenida. Hace explícito su enojo a su familia, gritándoles y maldiciéndoles, así todos los días de su miserable vida. Un hombre hueco y sin sentimientos, coincidentemente, descorazonado. Tengámosles compasión, ya que con el tiempo se oxidan y corroen más. No seamos hombres de hojalata.

viernes, 8 de noviembre de 2019

Al Sancho.


El cómplice, el íntimo, el amigo; valiente y honesto, inteligente y nada soberbio. Gracias, Sancho, por ser fuente de confianza y hermandad desinteresada. Gracias por tu presencia en mi vida, que fue báculo en batallas que yo creía perdidas. Prepara las armas y las vituallas, amigo Sancho, y montemos, cabalguemos y viajemos juntos; evitemos envidias y peleas absurdas en conjunto. Demostremos que el amor filial entre gente no familiar existe y es posible, fuerte y entero. En fin, Sancho mío, gracias por ser mi escudero.

sábado, 2 de noviembre de 2019

La potosina.

Al ver los puntiagudos y rojizos cabellos de la que enseñaba física, yo me fugaba del salón y me disponía a visitar los escenarios del libro que se abriera ante mi; ese día, yo combatía a Grendel, mano a mano con Beowulf, el héroe gauta. Interrumpiendo mis hazañas, una voz me preguntó: "Oye ¿a ti te gustaría dedicarte a crear historias que inspiren a los demás? ¿Te gustaría ser uno de los grandes de la literatura nacional? ¿Te gustaría ser el Sergio Pitol mazatleco? ¿Te gustaría que tu nombre estuviera en los libros de texto de tus propios hijos? ¿Te gustaría ganarte tu lugar en la Apoteosis de Homero, ahí entre Tasso y Mozart, o mejor dicho, entre la Ilíada y la Odisea, a los pies del maestro?". Al estar casi seguro que no había oído con claridad, le pedí que me repitiera su pregunta: "Que si me puedes ayudar con mi tarea de redacción, pinche sordo" me dijo apuñalándome la interlocutoraarriesgándose a perder mi buena voluntad. "¿En qué consiste?" le pregunté, ignorando la ofensa y a la maestra que intentaba resolver una maquina de Atwood (a los pocos minutos le pidió ayuda al inteligente del salón) "Tengo que hacer un escrito con base en una foto de cualquier compañero del taller, mira, es esta". Para mi sorpresa, me enseñó la foto de una niña de la cual yo estaba enamorado (la niña, obviamente, iba a la misma clase de redacción). Me puse nervioso y me sonrojé. La que no quería hacer la tarea lo notó, y se burló de mis falsas esperanzas. Después de analizar mi situación, me consagré a la obligación que tenía de hacer una redacción que estuviera a la altura de su perfección, tarea prácticamente imposible. El escrito resultó de la siguiente manera:

Las llamaradas estivales azotaban tácitamente los tejados neoyorkinos. El tráfico viandantal fluctuaba en las avenidas, a la par que el bullicio popular favorecía el detrimento de la tranquilidad, propio de cualquier capital mundial. Estrés, adulterio opacando la monogamia, eufemismos restando la magnitud verbal de maldiciones que flotaban en el ambiente. Había politeístas, artistas, mañosos, birladores e hijos de puta (literal y metafóricamente); lo verdaderamente importante es acotar la diversidad cultural y social de la ciudad.
Frente a los grandes ortejos (uña encarnada y mohosa) de la estatua de la libertad, una niña potosina, inteligentísima y bonitísima, poseedora de todos los calificativos positivos dentro de la semántica de belleza y perfección, junto a su madre y hermana, se tomaba una selfie, inmortalizando el momento. Posteriormente pasearon por el circuito de Broadway.

Mientras el inteligente del salón obtenía la fricción de la polea, yo le entregaba la tarea a la que no la quiso hacer, esperando que un día la niña que era dueña de mi corazón lo pudiera leer y me diera sus críticas, constructivas o destructivas, no me importaba, siempre y cuando vinieran de ella.

domingo, 27 de octubre de 2019

Edén.

Adán estaba dormitando. Disfrutaba de sentir el césped bajo sus desnudos omóplatos, mientras la sombra del almendro lo cubría del sol. El tigre que olfateaba su aroma y lo atisbaba con fehaciente cautela, después de varios minutos, se dejó acariciar por la palma del hombre, así como toda la fauna salvaje del jardín. A lo lejos, vio a Eva aproximarse, dando brinquitos, con una serpiente anudada a su cuello, que le siseaba algo al oído mientras ella masticaba con inocencia una manzana de un color rojo penetrante. Su mano derecha cargaba una cesta llena de estas. El rostro de Eva al cruzarse con la atónita mirada de Adán demudó; alzaron la mirada al cielo y juntos, abrazados y con los ojos llorosos, rogaron por clemencia.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Urbanidad.


"Por fin tengo una razón para saltar de la cama y ser feliz." pensó para sí el estudiante de medicina, que después de superar una ruptura, se hallaba de nueva cuenta enamorado de la inescrutabilidad de la vida. Más tarde, caminando por la calle con destino a su facultad, fue atropellado por un conductor irresponsable, que al no respetar la vialidad, hizo que su cráneo chocara contra el bache que el gobierno municipal nunca arregló, matándolo al instante. Más al sur, en una zona con menor infraestructura, una pareja bombardeada de infidelidades y decepciones resolvía todos sus problemas de pareja concibiendo a un nuevo ser, para poder amarlo y quererlo incondicionalmente. En el extremo opuesto, un joven (infeliz que había heredado la constructora de su padrino) ingeniero se suicidaba inhalando los monóxidos de su convertible rojo, el último grito de la moda automotriz, dejando su carta de despedida en el asiento del copiloto. En el centro de la ciudad, a un adolescente que provenía de una de las zonas marginadas del país le era anunciada, desde una cabina telefónica, la obtención del trabajo que necesitaba para mantener a su hermana embarazada. A dos cuadras de la cabina, durante una clase de geografía, un niño gordo y pecoso saboreaba su primer decepción amorosa, después de declararle su amor a la única niña desarrollada del salón. Todo esto y otras vicisitudes propias de la urbanidad las observaba la vidente (o como ella se hacía llamar, "Licenciada en Futurología") desde el cutre establo, rodeada de paja y cerdos, mientras sonreía y prestidigitaba la mística baraja (que había obtenido en una pelea de gallos en Catemaco, Veracruz), viendo con deleite el torrente de misterio e ilusionismo que se anteponía, translucido y brillante, frente a sus ojos.

lunes, 14 de octubre de 2019

El Abelardo y la Eloísa.

El torbellino de sentimientos y emociones que taladraban la conciencia de Horacio, paulatinamente, llegaron a su punto álgido cuando, escrutando hacia el interior de la casa de su novia, a través de los grandes ventanales que se hallaban en la fachada de la misma, observó con lucidez detectivesca a su novia entregándose a un cuerpo y a unos brazos que no eran los de él. No sabía que hacer, como es natural en situaciones como esta. El ramo de girasoles que cargaba lentamente se le hizo excesivamente pesado, así que para despojarse de él, lo arrojó con fuerza a la ventana del carro de su suegro, detonando la alarma antirrobos (eran muchos girasoles). La sirena pareció no preocupar a los amantes, ya que ellos, sin inmutarse, siguieron descubriendo los sabores de su prójimo. Se sintió ofendido e infravalorado hasta al cero absoluto, tantito mas abajo que el cero que él utilizaba en sus clases de matemáticas financieras. Dando grandes zancadas, se dirigió a la puerta principal, pateándola con la punta del pie, imaginándose que la entrada a la casa era el atractivo rostro del responsable de la tentación de su novia. Apenas abrió un pequeño boquete a la puerta, a la altura de su cadera. Encolerizado por la falta de fuerza, la volvió a patear, haciendo el orificio más grande. Y fue ahí cuando, asomándose, los vio; a los amantes incomprendidos, al Abelardo y a la Eloísa del siglo XXI. Eloisa ya estaba dispuesta a quitarse el minúsculo corpiño que cubría sus níveos pechos cuando, el Abelardo, notó un rostro endiablado que los observaba a través de la puerta rota, soltando humo por las narices. La alarma seguía sonando, y los vecinos comenzaban a asomarse. "¿Qué chingados?" exclamó confundido Abelardo mientras se ponía sus pantalones y se encaminaba a la puerta para confrontar al intruso. Horacio ya lo esperaba del otro lado, con su puño listo para fundirse en el pómulo del galán. Al abrir la puerta, Abelardo, recibió el golpe, cayendo de espaldas, con cero de sentido de orientación espacial. Eloísa gritó y corrió hacia la cocina, dejando su falda corta encima del sillón donde con anterioridad se hallaba. Horacio se posó encima de Abelardo, y comenzó a golpearle el rostro, mientras le maldecía y le calumniaba con desgracias eternas. Los vecinos, al escuchar lo que pasaba en la casa, llamaron al número de emergencias. "Buenas noches, cre-creo que se e-estan metiendo a robar a la ca-casa de mi vecino" *Silencio de parte del vecino al escuchar las indicaciones de su interlocutor* "Claro, cla-claro, la dirección es la siguiente..." dijo el vecino tartamudo. Cuando Horacio se cansó de golpear y Abelardo de ser golpeado, una segunda Eloísa bajó por las escaleras, con la cara hinchada, dejando en claro que recién se despertaba. Fue ahí cuando Horacio recordó que su novia le había llegado a comentar en alguna cita que ella tenía una hermana gemela y que ya no podía esperar para presentársela. Pálido del miedo y de la consiguiente vergüenza, se paró y mientras se rascaba el cuero cabelludo, comenzó a disculparse; con Abelardo inconsciente y sangrante en la entrada de su casa, una gemela llorando semidesnuda en la cocina, el carro con la sirena activada, la puerta rota y la policía en camino. Sofia (que era el nombre de la novia "original") no podía procesar lo que estaba viendo, recién acaba de despertar de un sueño no tan loco como lo que estaba viviendo. "Perdón, perdón, perdón, esto no es lo que parece" fue una de las muchas excusas que dijo a su atareada novia. En media explicación, la policía entró en escena, esposando de inmediato al compungido Horacio, creyendo en realidad que se trataba de un ladrón que había acribillado a golpes al atractivo joven que se hallaba en el suelo, en su heroico intento de defender la casa. Solamente estuvo media hora en la comisaria, ya que Abelardo había recobrado la conciencia y había contado su versión de los hechos, y esta coincidía con la de la gemela exhibida (cuyo nombre, honestamente, no nos importa). Al final, los padres de Horacio tuvieron que pagar una multa por alteración del orden público, para poder así liberar a su pasional hijo. A la gemela exhibida la castigaron, ya que, a diferencia de su hermana, ella tendía a sucumbir con facilidad a las tentaciones de la carne y, sus padres, al notarlo (descubrirla), le prohibieron fehacientemente tener novio hasta que se acercara a la eucaristía que se impartía todos los domingos en la parroquia de la cuadra. Sofía, casi obviamente, terminó su relación con Horacio, y este, aprovechando la soledad de la ruptura y haciendo momentos de autorreflexión, llegó a la conclusión que no le gustaba el rumbo que estaba tomando su vida y, armado de valor, se mudó de con sus padres para perseguir sus sueños de convertirse en un cineasta famoso y reconocido. Su experiencia con Sofía y su fatídico final le valió de experiencia e inspiración para su primer largometraje, que le brindó un puñado de premios y un aletargado reconocimiento nacional. 

Kimono azul.

La noche estaba en su auge. La luna llena iluminaba las habitaciones filtrándose por la ventana. Abelardo soñaba que volaba. En el s...