La luz
del sol y las ráfagas del viento otoñal caldeaban los ánimos del Kraken. Los ingresos de los hoteles de la costa, evidentemente, habían caído. En un poste de madera, junto a la garita del salvavidas en una playita privada, la bandera de color rojo estaba izada, indicando la imposibilidad de poder nadar en el mar. Una pareja de recién casados, obesos, de pupilas verdes y cabellos dorados, de manera confiada la arriaron, sustituyendo a la bandera roja por
una verde. Se desprendieron de sus holgadas prendas, quedando solo en ropa
interior, ayudándose mutuamente embetunando sus cuerpos en protector solar. Comenzaron a caminar hacia el mar mientras la criatura
chapoteaba con sus tentáculos, eufórico e iracundo. El salvavidas, que
apenas se estaba bajando de la torre de guardia debido al cambio de turno, los encaró:
"Oigan, ustedes dos, ¿no vieron la bandera? No está permitido entrar
al océano, el Kraken lleva ya varios días en nuestra costa" les dijo incrédulo. "Despreocúpese joven, nosotros ya nos percatamos de la
bandera, por lo tanto, para poder meternos al mar, ya la cambiamos por una verde"
le dijo la mujer señalando con el índice la bandera recién puesta, mientras su pareja le rodeaba el cuello con su diabético brazo a modo de protección. "¿No están viendo
lo que está frente a ustedes?" les preguntó mientras los inspeccionaba con
miradas de extrañeza, frunciendo el ceño. “Si, ya nos percatamos, pero no estamos acostumbrados a obedecer a gente inferior a nosotros. Así que, por
favor, hágase a un lado y déjenos disfrutar nuestros pocos días en la playa, que mucho esfuerzo y dinero nos costaron" le respondió con displicencia el gordo al salvavidas, dejándolo confundido y con cara de idiota. Aumentaron la
rapidez de su trote y juntos, agarrados de la mano, se precipitaron al océano
en modo de clavado, cayendo en las hambrientas fauces del monstruo.
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sábado, 4 de enero de 2020
Coqueteo.
"La verdad no soy bueno para esto, siempre me ha dado pena acercarme a mujeres tan...tan bonitas como tú. Los que pasan junto a mi se burlan, pero no me importa, lo único que me importa es tu aceptación... ¿quieres salir conmigo esta noche?". El hombre esperaba la respuesta muerto de nervios afuera de la tienda, en el pasillo principal del centro comercial. Mientras tanto, resguardada por el vidrio del escaparate, la maniquí guardaba silencio, meditando la invitación. Al final, la respuesta fue negativa, ya que su pretendiente llevaba colgado al cuello una bufanda de la tienda rival.
jueves, 19 de diciembre de 2019
El epitafio de Vanessa.
Mi vida
comenzó dentro de un huevo. Una vez libre, me arrastré convertida en
un ser blando y cilíndrico para, posteriormente, aprisionarme de nueva cuenta, ahora en una crisálida. Para mi sorpresa, muchísimo
antes de que yo estuviera planeada, mis padres ya me habían bautizado con el
nombre de Vanessa, y de esa manera heredé el nombre de todo mi árbol
genealógico. Además del nombre, físicamente todas nos
parecemos muchísimo, casi idénticas, pero si logras escrutarnos con detalle, muy a pesar que compartimos los mismos colores, la proporción y distribución de
estos a lo largo y ancho de nuestras alas no es el mismo. Me gustan mis
tonos, negros y anaranjados, y honestamente me llena de orgullo decirlo: soy
única e irrepetible. Cabe decirlo, en mis subversivos años envidiaba a mis
primas que se vanagloriaban por sus colores, mas brillantes y exóticos que los propios, pero hoy
por hoy, si tuviera la oportunidad de modificarme, no la tomaría.
Siempre que se me pregunta de donde obtuve mi
amplio conocimiento y sagaz visión respecto al mundo y su funcionamiento, yo lo
atribuyo siempre al largo circuito que terminé no hace mucho tiempo. Tanto
África como Europa tuvieron la fortuna de ver nuestra unidad y perseverancia
como especie. Primeramente, el aprender a aletear
era algo indispensable, que después de días de practicas incansables y noches de llantos y estrés, lo logré. Vuelos
de entrenamiento, así les llaman en la colonia. No me gusta mentir, así que no
voy a ensalzar mis habilidades aerodinámicas: yo nunca fui la mejor, pero si la más perseverante. Una vez graduada y finalizadas las despedidas, comenzó la aventura de mi vida. Cuando terminamos de sobrevolar los Alpes, después de consultarlo y someterlo a votación, tomamos la decisión de descansar en Barcelona un par de
días. Una vez finalizada la vacación, con ayuda de mi brújula interna, me
adentré en el vasto Mediterráneo y logré volar durante aproximadamente seiscientos
kilómetros.
Poco a poco las fuerzas me flaqueaban, pero el planeo se facilitó
con súbitas ráfagas de viento que me impulsaban y me daban un poco de ventaja,
un vientecito que me ayudaba a seguir adelante. Cuando mi cuerpo no rendía para más y creía que
estaba a punto de dejarme devorar por Caribdis, vi algo que no creí que fuera a extrañar tanto, tierra. En ese lugar, árido y seco, descansamos.
Tristemente, debido a la fatiga extrema que todas sentíamos, muchas amigas mías
se descuidaron y terminaron siendo cena de los depredadores locales. Desde entonces, las arañas y yo no
congeniamos. Llorando a mis parientes, me di cuenta que aún no estábamos seguras ahí, y nos vimos obligadas a retomar el vuelo. Habiendo sobrevolado el Sahara, un tanto desorientadas, llegamos a una zona más verde que amarilla, más fresca que árida, con más colores y animales, más bonita, pues. Fue ahí donde
finalmente decidí asentarme y reproducirme. Debido a mi inteligencia y belleza
superior con respecto a mis amigas, no me costó trabajo encontrar a un macho
que bailoteaba en una de las cimas de las colinas colindantes, todo para llamar
mi atención. El gesto me dio mucha ternura, así que le di una oportunidad. Mis crías son apenas unos huevos, pero en sueños las observo, todas juntas, viajando por el mundo y recolectado memorias. Ya les tocara a ellas compartir su historia.
sábado, 7 de diciembre de 2019
El lago encantado.
Un caballero, con aire quijotesco, salió de una cabañita que moría lentamente, abandonada a su suerte. Hombre alto y delgado, con el rostro cansado y unas grandes ojeras que colgaban de sus cuencas. Los girasoles rodeaban a la cabaña, el lago limítrofe era azul cristalino y el sol se ocultaba en poniente. Salió sacudiéndose el polvo de la herrumbrada armadura,
aún amodorrado. La barbilla le colgaba del mentón, con canas filtrándosele. Metiéndose los dedos a la boca, ladeándose hacia
atrás, lanzó un silbido. Con el rostro ruborizado y los pulmones vacíos, se
dejó caer sobre su retaguardia, quitándole la vida a cuatro girasoles. El
descanso no fue prolongado, ya que medio minuto después apareció un corcel,
blanco como la nieve y majestuoso como cualquier catedral decimonónica. Lo montó y juntos
emprendieron el trote. Pasaron por llanuras espesas manchadas de verde,
dejándolo apreciar la belleza del reino. A lo lejos, logró vislumbrar un
castillo al calce de una pequeña montaña. Al llegar a la torre barbacana, observó
con detenimiento el escudo de armas de la casa que antes lo habitaba. Un fauno sentado que tocaba la flauta rodeado de árboles, símbolo que representaba al gremio oracular al que esta familia real había pertenecido. Entró, y en la
plaza de armas del castillo sólo halló destrucción. Cadáveres calcinados, abandonados. El caballero se peinaba la barbilla, de arriba hacia
abajo, fingiendo parsimonia. Se apeó del caballo y examinó el lugar. Caminó por
el adarve y las torres de caballería, inhalando las animas de las familias
perdidas. Al llegar a la torre de homenaje, escucho el aleteo del evidente causante de la destrucción del lugar. Grande y con color purpureo, lucía una
cicatriz en uno de sus costados. Las escamas hedían a odio y venganza, y su
boca expectoraba fuego. El dragón se hallaba en posición de descanso mientras observaba el despertar de la luna, pero rápidamente volteó su cabeza al escuchar el desenvainamiento
de una de las espadas más fuertes y mágicas jamás fraguadas en la historia del
feudo. Un largo grujido, lastimero y doliente, despertó de su letargo infinito a todos los fantasmas
del castillo.
miércoles, 27 de noviembre de 2019
Rojo carmesí.
El perro aullaba bajo el olmo que estaba frente al portal de la casa, pronosticando la fatalidad. Desde el estudio se apreciaba en cuarto menguante al satélite natural, cuya luz entraba a través de la sucia ventana, dándole claridad a la noche que invadía al cuarto, minimizando la penumbra absoluta. El pintor, orgulloso, soberbio e imbatible, trabajaba en su última obra. El sudor le perlaba la frente. La mano izquierda cargaba la paleta, que era ya una amalgama desfigurada y desvirtuada de colores. Sobre el óleo, desbordando melancolía, trazaba el oleaje marítimo que estaba junto a un minúsculo pueblo pesquero. En este se veía como la luna, casi naranja, se reflejaba en el espejo acuático. En el pueblo se observaban diminutas partículas bioluminiscentes que corrían de un lado a otro, simulando luciérnagas. Las luces de las humildes cabañas estaban prendidas, compartiendo el mismo color que la luna. La gente estaba frente a sus casas sentadas en una mecedora o bien, en el terroso asfalto, masticando y compartiendo tabaco mientras debatían sus experiencias del día con el vecino. En una esquina, casi imperceptible, un mercado de mariscos a punto de cerrar, con los comerciantes y pescadores mentalizándose para la jornada próxima. Las manadas callejeras acosaban a transeúntes despistados, causándoles pavor, obligándolos a corregir la ruta que tomarían para llegar a su casa. Una mujer se entregaba a su pareja, sacrificando la noche, el aliento y el fresco clima, haciéndole honor y rindiéndole culto a la pintura de Safo que colgaba de su púrpura pared. Un circo ambulante montaba la carpa para la función matutina, roja y blanca, así como el maquillaje de su personal. Una hoguera común daba calor y hospitalidad a los que regularmente no la tenían. Frente al pueblo, en el despostillado muelle, barcos pesqueros decrépitos daban indicio de una economía que se acercaba a una inminente recesión. Las noctilucas salían y brillaban, acompasando su fulgor con la fauna marítima. En la noche que corría y en la desaseada habitación, era un cuadro vivo, que transmitía vida, color y esperanza. El pintor, satisfecho con su obra recién finalizada, se estiró un poco, analizándola, con los brazos en el aire y haciendo una mueca. Logró darse cuenta que le faltaba el último detalle. Un poco lúgubre pero sonriente al mismo tiempo, tomó del piso el calibre .22, abrió la boca simulando a una serpiente que devoraba a un resignado roedor, se metió la pistola y apuntando al paladar, jaló el gatillo. Cuando el olor se convirtió en hedor y comenzó a molestar a los vecinos, uno de ellos entró a la casa. En el estudio, un cuarto desamueblado y maltratado, el vecino solamente halló un óleo en blanco manchado con una artística salpicadura de sangre, frente a un cuerpo que yacía inerte en el suelo, flotando en un charco rojo carmesí.
domingo, 17 de noviembre de 2019
El hombre de hojalata.
Se
despierta, se encera los cabellos que se resisten a la calvicie y se viste con su juego predilecto, un traje (con detalle en la solapa) color azul Oxford y una corbata
color salmón. Asiste al trabajo, termina la jornada y se regresa manejando, mientras hace berrinche a causa de la mala paga y fantasea que atropella a los kamikazes que cruzan la avenida. Hace explícito su enojo a su familia, gritándoles y maldiciéndoles, así todos los días de su
miserable vida. Un hombre hueco y sin sentimientos, coincidentemente, descorazonado. Tengámosles
compasión, ya que con el tiempo se oxidan y corroen más. No seamos hombres de hojalata.
viernes, 8 de noviembre de 2019
Al Sancho.
El
cómplice, el íntimo, el amigo; valiente y honesto, inteligente y nada soberbio. Gracias, Sancho, por ser fuente de confianza y
hermandad desinteresada. Gracias por
tu presencia en mi vida, que fue báculo en batallas que yo creía
perdidas. Prepara las armas y las vituallas, amigo Sancho, y montemos, cabalguemos
y viajemos juntos; evitemos envidias y peleas absurdas en conjunto. Demostremos que el amor filial entre gente no familiar
existe y es posible, fuerte y entero. En fin, Sancho mío, gracias por ser mi
escudero.
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