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martes, 28 de abril de 2020

Kimono azul.



La noche estaba en su auge. La luna llena iluminaba las habitaciones filtrándose por la ventana. Abelardo soñaba que volaba. En el sueño, tenía alas de espuma; atravesaba nubes y rozaba rascacielos con marquesinas con letreros de neón. Voló hasta llegar a la costa. De repente, mientras el viento revolvía sus cabellos y la brisa del mar le refrescaba el rostro, sintió como unas uñas se le clavaban en la pierna. Eso le bastó para regresar al mundo verdadero. Se despertó gritando, sintiendo un dolor profundo y caliente en su muslo que le hacia regar gotas de sangre sobre el colchón. Rápidamente se quitó las sábanas que le cubrían, y corroboró que en su pierna estaba la marca de cinco uñas encarnadas en su muslo, como una mordida alevosa hecha con la mano. La silueta de una mujer de ojos rasgados vistiendo un kimono floral color azul celeste se alzaba a los pies de su cama. Se quedó estupefacto, y sólo vio como de manera tranquila salía de su cuarto, atravesando la puerta que se hallaba cerrada. Era la tercera vez que la veía. 



Abelardo no tenía a quien decírselo. Su mamá, la señora Margarita, estaba obsesionada con el jardín y sus flores exóticas y de todo lo que tuviera que ver con la iglesia, y su papá, don Rafael, llevaba ya un mes ensimismado con su última compra. Su papá era un anticuario frustrado, ya que su corto sueldo como vendedor de seguros apenas le alcanzaba para pagar la colegiatura y llenar los anaqueles de la alacena con despensa suficiente. Un día, paseando por el vecindario, en la cochera de la casa de la familia que se iba a mudar, se percató que esta montó una pequeña vendimia que, según le dijo el padre de familia, era para poder cubrir los gastos de la mudanza. Sobre una mesa que era vigilada por la hija menor del matrimonio, vio algo que le robó el aliento. Era un antiguo duende de tela con atuendo verde azulado, con gorro del mismo color, barbado y ojos azules. Estaba  relleno de lo que el papá de Abelardo supuso que era algodón, después de manosearlo y sopesarlo. Llegó a la casa feliz y, al preguntarle Margarita que era lo que tenía en las manos, Don Rafael le respondió con afabilidad: "Mira gorda, se parece a mi".



El conflicto inicial ocasionado por el duende fue la preocupación sincera de Margarita, al ver la flagelación del salario de su esposo a causa de su obsesión de comprar y coleccionar chatarra. A Abelardo le fue indiferente el juguete, ya que la primera vez que lo vio, pensó que era un obsequio para Heriberto, la mascota de la casa. Después de preguntarle a su papá, este le respondió con una mirada inquisitiva que desbordaba fuego: "Si ese puto perro lo agarra, lo mato". La única condición que le había puesto la matriarca a Rafael para poder conservar al duende, fue que lo tuviera guardado en un caja que, religiosamente, Margarita colocó debajo de su cama. Fue a las dos semanas de la llegada del duende a la casa cuando Abelardo comenzó a soñar que volaba y se despertaba para ver al espectro. 



Nadie entendía porque se mostraba tan apegado a ese objeto que, estéticamente, no cumpliría las expectativas que un coleccionista convencional seguiría; tenía las costuras mal hechas y estaba cubierto de parches. La pelea más agresiva fue cuando, en vísperas navideñas, don Rafael intentó colgarlo en el árbol y, al verse frustrada su iniciativa, ya que era corto de estatura y no halló nada en lo que pudiera subirse, lo puso en el nacimiento, junto al niño Jesús y recargado en un borrego. "¡Eres un pendejo, te dije que a ese puto trapo no lo quería ver fuera de la caja!", le gritó Margarita a Rafael al verlo. La mamá agarró al duende y lo tiró con furia al bote de basura de la cocina como respuesta a la blasfemia, no sin antes maldecir al juguete y a su esposo y de paso a su suegra, por haber criado a una persona tan inútil y demente. 



Al día siguiente, mientras terminaba de trapear para bañarse para recibir a la familia de su esposo, Margarita se tropezó mientras bajaba las escaleras, rompiéndose la pierna derecha. La nochebuena la pasó enclaustrada en el dormitorio principal, lo que la cizañosa madre de Rafael aprovechó para poder expresar su sentir hacia su nuera: "Yo te dije hijito, tu esposa aprovecharía cualquier oportunidad para hacerme una grosería, ni para saludarnos se digna a bajar; ademas, el jamón le quedó seco". Para febrero, ya todos aceptaban la presencia del duende en las comidas. Margarita, al ser una mujer supersticiosa, creía que el duende había tenido algo que ver en su accidente. "¿No te vas a terminar tu chuleta?", le preguntaba Margarita a su esposo, a lo que él le respondía sombríamente: "El también tiene que comer". Cuando don Rafael manejaba hacia el trabajo, aprovechaba para hablarle: "Mi vieja me es infiel, el otro día la descubrí. No me importa".



Una mañana de domingo, sabiendo que su madre madrugaba para maquillarse para la misa, Abelardo, que no había dormido durante toda la noche, le confesó lo que le venía pasando desde la llegada del juguete de su papá. Margarita, poniendo rostro amargo y santiguándose tres veces, corrió a despertar a su esposo gritándole al oído mientras le sacudía el hombro: "¡Ya ves lo que provocas! Tu hijo te está copiando tus manías. Al paso que va, va a terminar igual de loco que tú". Don Rafael respondió con dos gemidos cortados, tres largos pestañeos y un murmullo que aprovechó para volver a acomodar su cabeza en la almohada. Ese domingo, la pequeña familia escuchó dos misas consecutivas y el sacerdote Rigodanza empapó la cabeza de Abelardo y del duende en agua bendita. "Gracias padre, gracias padre, que bueno es usted padre...¿quiere venir a comer padre?". 



Los sueños aéreos de Abelardo, después de seis meses, se habían convertido en algo rutinario. A lo único que aún no se acostumbraba y le provocaba nauseas y escalofríos que le recorrían la columna vertebral, era la aparición de la mujer del kimono azul. Una noche, el sueño fue distinto. No tenía alas y no estaba volando tocando a los rascacielos con marquesinas con letreros de neón. Se hallaba a la mitad de un paso cebra y estorbaba el paso. Alzó la mirada y vio enormes edificios con caracteres desconocidos para el, en letreros de colores brillantes. El cielo era de color naranja. Intentó caminar al otro lado de la acera, pero sus pies no le respondían. Los transeúntes le increpaban en un idioma que el no entendía; les intentaba responder y explicarles que no podía moverse, pero su lengua tampoco le servía. El semáforo se puso verde, y el seguía adherido al asfalto. Vio venir hacia el un automóvil que era ocupado por un matrimonio joven. El hombre manejaba, mientras que una mujer, encolerizada, le gritaba mientras movía con furia sus manos. Un niño sentado en la segunda fila, lloraba y se tapaba las orejas. El hombre se volteó para responderle cualquier cosa. Cuando este regresó la mirada a la avenida, sus ojos se cruzaron con los de Abelardo, que estaba inmóvil y pálido del miedo. El hombre viró hacia la derecha, después hacia la izquierda, después perdió el control del volante y colisionó contra otro coche. El impacto sacó disparado al hombre, cuya cabeza se desplomó a los pies de uno de los coloridos y brillantes letreros, dejando un rastro rojo en la calle. Una nube negra y viscosa comenzó a ensombrecer la visión de Abelardo. Vio llegar a una ambulancia, y unos paramédicos sacaron a la mujer que venia en el asiento del copiloto, cuyo rostro estaba cubierto en sangre. Se dio cuenta que estaba embarazada. Al cadáver del niño lo pusieron en una camilla y lo cubrieron con una sabana negra. La multitud se agolpaba para ver lo que pasaba y Abelardo, sin poder gritar, comenzó a ser devorado por la carretera, como si esta fuera una arena movediza.



Abelardo despertó gritando, y lo último que vio al perder la conciencia hasta la mañana siguiente fue a la mujer del kimono que colgaba del techo del cuarto de Abelardo, sostenida por una cuerda que rodeaba a su cuello. Su kimono no estaba bien amarrado, ya que pudo ver sus senos, su sexo recubierto de unos finos vellos y un embarazo adelantado. La ventana estaba abierta y la brisa corría, y esta movía al cadáver inerte, así como a un péndulo descompuesto. 



A la mañana siguiente, don Rafael le pidió a Margarita que le cambiará el relleno al duende, ya que este estaba perdiendo su consistencia. Obediente y temerosa, cargó al duende como si fuera un bebé y fue a la casa de su comadre y le pidió prestado un paquete de algodón. Llegó a la casa y abrió con suma delicadeza al duende con unas tijeras. En el interior del duende, vio un pedazo de periódico rodeado de algodón, en un lenguaje incomprensible para ella. Venía un título en letras subrayadas, y la foto de un auto destrozado y de una mujer encamillada y entubada adentro de una ambulancia, al igual que los retratos de un hombre joven y un niño.  Junto al pedazo de periódico, estaba la foto de lo que parecía ser una familia en un jardín rebosante de crisantemos. Un niño de apenas cuatro años, y dos padres jóvenes, abrazados y sonrientes. La mujer se veía embarazada, y portaba un kimono floral color azul celeste.

sábado, 21 de marzo de 2020

El pato que habla y le gusta leer.




El estudiante, con la mano izquierda en el bolsillo de su deslavado pantalón y con la derecha cargando un libro, caminaba junto al verdoso lago del parque municipal. En él, los patos nadaban y chapoteaban mientras pensaba "Estos animales son el cine para las personas como yo... los pobres y los olvidados". El cielo estaba cubierto de nubes viscosas y vaporosas, dándole oportunidad nula al sol de verano para brillar. Se sentó en una banca oxidada frente al lago y se dispuso a leer. En plena lectura, un pato se le acercó y dio un brinco a la banca donde se hallaba y se asomó a la página que el lector devoraba con ahínco religioso. "No sabía que Simbad el Marino fumó hachís con Aladino. Por eso detesto vivir rodeado de puros patos, nunca me entero de nada de la farándula literaria, todos son unos tontos que solo se preocupan por cazar a la lombriz mas gorda y jugosa" le dijo el animal al interrumpido lector. Éste, al escuchar la queja del pato, regurgitó la página, le sacudió la saliva, la dobló en cuatro y la metió en el libro. "¿Cómo sabes lo que es el hachís?" le inquirió el lector. "No me subestimes, humano". La plática tornose fluida y dinámica, recorriendo temas de mutuo interés. El humano se sorprendió ya que, a pesar de nunca haber salido del parque, el animal estaba dotado de una refinadísima visión del mundo. Cuando el cielo se oscurecía y la gente comenzaba a irse, el pato le pidió que lo adoptara. Al ver el rostro contrariado y confundido del estudiante, el pato le explicó que si se lo llevaba él tendría la deseada compañía y él acceso a su vasto librero, atiborrado de literatura que anhelaba leer. Después de pensarlo, aceptó y se lo llevó entre brazos, mientras el pato les parpaba por última vez a sus atolondrados amigos (que no notaron su partida debido a la pelea que se estaba originando por la potestad de Godofredo la lombriz, criatura juguetona que audazmente logró escabullirse y resguardarse bajo tierra; narración que reservaré para otra ocasión). 

lunes, 16 de marzo de 2020

El ogro Marcelo y el caza monstruos.




Con las puntas de su bigotito dorado apuntando hacia arriba, de manera pausada y precavida reptaba por la colina. A no más de tres metros, un ogro llamado Marcelo sentado le daba la espalda, despidiendo un poderoso aroma a mierda que le provocaba náuseas. El ogro estaba dormido y roncaba plácidamente. El caza monstruos se incorporó y desenvainó el arma que le colgaba de la cintura; se acercó con la espada bailándole en la mano, haciéndola girar del mango con gracia y elegancia. Estando lo suficientemente cerca del ogro, con la lengua de fuera, comenzó a aullar de manera chillona, siendo interrumpido por un ataque de tos y dándole al gigante la oportunidad de desperezarse y percatarse de su presencia. Retomando el interrumpido alarido, corrió y le clavó la afilada hoja en la espalda, haciéndolo graznar del dolor. Sonriendo de satisfacción, intentó desencajar la espada, pero está no cedía, y el hombre comenzó a angustiarse. Marcelo ya se estaba poniendo de pie, refunfuñando ásperamente en algún dialecto ininteligible para el oído humano. El caza bestias desenvainó una pequeña daga que guardaba como último recurso en la correa que rodeaba su muslo y lo comenzó a apuñalar. "Hijo... de... puta", espetando palabra por apuñalada y llorando de la impotencia. Apenas herido, Marcelo se incorporó y observó a un hombrecito que utilizaba mallas que corría por su vida. Con dos zancadas lo alcanzó, ya que el humano de las mallas se acababa de tropezar con una rama. Lo agarró entre sus manos y las apretó hasta que sintió que crujió. Después de agarrarlo de un pie y zangolotearlo, lo arrojó con furia escupiendo espuma por la boca. Lo pisoteó hasta únicamente dejar una pulpa viscosa y rojiza en el césped de la colina. Se volvió a dormir, ahora con la incomodidad de tener una espada clavada en la espalda. Unas lágrimas, dolorosas e inmarcesibles, asomaron en sus ojos.

jueves, 27 de febrero de 2020

El castillo y las nubes.


Los fantasmas estaban agazapados en los rincones cubiertos de hierba que salía de las baldosas de piedra. Los cachorros curiosos los olfateaban y ellos les sopablan en las narices, haciéndolos sacar la lengua; los más niños se divertían con ellos mientras los viejos los evitaban. Los hombres hablaban de sus hazañas en las campañas y blandían sus antiguas espadas como trofeos de guerras, el más admirado era un antiguo caballero errante que había perecido dándole muerte a la temible bestia morada que había calcinado a la mayoría de los presentes; su espada brillaba cada que se le mencionaba, todos aseguraban que tenía vida propia. Cuando llovía, las familias esperaban a que escampara y, cuando amainaban las aguas y el arcoíris surgía, se acostaban y rememoraban y compartían las mejores experiencias de los días en los que ellos aún vivían. Un día, la más sabia y antigua de todas las nubes que surcaban el cielo, bajó de sus aposentos y pidió audiencia con Octavia, antigua reina del ahora abandonado castillo. "Ustedes no pueden seguir aquí. Es momento que este castillo y todo lo que representa sea borrado de la faz de esta tierra" exclamó con omnipresencia la nube. "¿Qué será de nosotros? Mis gobernados tendrán miedo, estaremos desamparados, sin techo". La nube le explicó lo que les pasaría, mientras ella asentía, siempre atenta y un tanto motivada. A la mañana siguiente, con los rayos del sol mordiéndole sus hombros, la reina Octavia comenzó el desalojo del castillo desde una de las torres. Los fantasmas, dóciles, solo caminaban, expectantes y nerviosos. Los niños eran cargados mientras ellos por encima de los hombros de sus madres le decían adiós con sus manitas a lo que único que conocían. Una vez terminada la evacuación, la más sabia y antigua de las nubes, acompañada de sus hermanas, comenzaron a soplar. Grandes vientos azotaron a la antigua construcción, hasta que lentamente de ella sólo quedaron escombros, levantando una brisa de polvo y memorias que golpeó a la cofradía celestial y cuyos integrantes sintieron como el último abrazo que su vida pasada les daba, y que al mismo tiempo era una invitación a abrazar a la próxima. Octavia, con su corona aún adornando sus dorados cabellos y su nívea túnica raspando el césped que yacía bajo ellos, se volteó hacia su gente y, sonriéndoles, cerró los ojos y comenzó a ascender al cielo. Varias nubes le daban la bienvenida y la abrazaban con gritos de regocijo, fundiéndose con ella y creando una nueva masa pálida. Después, la nueva nube comenzó su trayecto, ondulante y serena bajo el cielo dorado. Los fantasmas, uno a uno, se elevaban.

sábado, 15 de febrero de 2020

Burocracia.




La fachada de la oficina cultural y económica parecía de plomo, con una enredadera que la forraba y una bandera roja y azul y blanca grabada en una placa, junto a la puerta principal resguardada por un policía moreno. Adentro, el ventilador, por revolución, chirriaba de manera penetrante, perturbando a los penitentes que esperaban su turno sentados en sillas de plástico. "Hernández Hernández Bertilia", dijo con pereza la secretaria arrastrando las vocales mientras masticaba un chicle sabor a mierda (juzgando por las expresiones que hacía al hacerlo). "Buenas tardes, vengo a recoger la autorización de..." la tos de una foca sentada por ahí la interrumpió. "El cónsul no la va a poder atender en estos momentos" le dijo en seco mientras mecanografiaba, con cara que revelaba su intención de querer despacharla lo más rápido posible. "Pero me dijeron que viniera a esta hora y en este día y..." otra tos con eco de la misma foca la volvió a interrumpir. "Ya le dije señorita, el cónsul se encuentra indispuesto, regrese en seis meses". La señorita Bertilia no sabía como responder a semejante atropello. "Demando una explicación en este preciso instante, ¡necesito recoger esa autorización hoy mismo!" le respondió indignada. "El gobierno acaba de asignar como nuevo cónsul a un oso pardo, y este se encuentra hibernando, espero y pueda comprender la situación". La señorita Bertilia creía que le estaban gastando una suerte de broma de mal gusto. "¿Quién en su sano juicio asignaría como cónsul a un oso pardo?, todo mundo sabe que las cebras son más efectivas ¡nada de lo que me estás diciendo tiene sentido!" exclamó confundida la señorita. Otra tos, húmeda, en el fondo del salón. Un viejo se sonaba la nariz y un jovencito acomodaba por tercera vez unos papeles dentro de un folder. "Ya sabe como son los burócratas, pocas veces actúan con inteligencia" le respondió la secretaria sonriéndole, con sorna.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Los huevos de Grimaldo, el Don Juan visitante.

Primo mío ¿por qué no me crees?, Es que es absurdo, por eso, Como tú veas, yo ya te dije lo que tienes que hacer. Grimaldo cargaba en su mano dos huevos, recién expulsados por la gallina de su tío Felino. Te vas a acercar a la güerita que más te guste y se lo estrellas en la cabeza, eso las vuelve locas, les encanta. En la escalinata del quiosco de la plazuelita principal, una rubia estaba sentada lamiendo un helado de miel de abeja mientras escuchaba las promisorias noticias del avance de la guerra y de las majestuosas hazañas del hercúleo general Patas de Oso; a la par, un greñudo que siempre cargaba una libreta donde anotaba los inesperados susurros de las musas, recitaba un poema a la biznaga consentida de su abuela Amelia (cuyas mágicas propiedades relataré en otra ocasión) y el globero silbaba en la esquina una canción, ausente. Como tú quieras tigre, pero eso sí, una güerita de esas no las encuentras allá en tu ciudad donde si llegan las películas, solo digo primazo... solo digo. La plaza estaba flanqueada por una veintena de cactus. Acércatele y háblale, ya con los huevos que te cargas vas a ver que la encandilas, la gallina de mi pa' es la mejor de este pueblo. Comenzó a caminar en dirección al quiosco, dubitativo, sopesando los huevos en las palmas de sus manos. El bardo del desértico pueblo declamaba, mientras Grimaldo consideraba la opción de meterle uno de los huevos en la boca. La güerita, con su encanto pueblerino y los rulos cubriéndole el escote, volteó al sentirlo aproximarse y de manera afable le regaló una sonrisa. Ya veía al forastero con emoción, y este, al verse próximo a la víctima, le estrelló uno de los huevos con una suerte de cachetada, haciéndola caer inconsciente y dejando a merced del asfalto y de la arena y del polvo a la bola de helado. Su primo, escondido por ahí, le gritó, Te dije que en la cabeza pendejo, no en la cara. Grimaldo, al ver a la güerita inconsciente en el suelo y con la cara anegada en clara y yema, la agarró galantemente del cuello y, suavemente, le reventó el último huevo, esta vez en el lugar correcto. De este salieron pétalos de rosas rojas. La güerita, al instante, despertó de su letargo y viendo al hombre que la tenía entre sus brazos, lo acercó a ella agarrándolo de la solapa de su saco y le propinó un beso en la frente, para finalizar con uno en los labios, Me llamo Genoveva. Encaminados hacia la cabaña de su tío Felino, su primo le espetó con orgullo paternal, ¿Viste galán? te dije que la gallina de mi pa' es la mejor del pueblo.

viernes, 10 de enero de 2020

La campana.

Subieron las escaleras, desnudándose con los ojos, ignorando las paredes tapizadas de flores aterciopeladas. Entraron al cuarto. Ahora acostados, con las manos. Furiosos, apasionados, caníbales.
El seminarista, en el campanario, le dio las gracias a Dios por el viento que le revolvía los cabellos "Seré jesuita porque me puedo dejar el cabello largo". Estiró el brazo y comenzó a pendular al badajo, haciendo sonar la campana. "¡Es hora de la misa, gente buena!" gritaba desde arriba.
Benito la tenía prensada de las caderas y ella le lamia el cuello. Después se besaban los labios mientras él la acariciaba; Abelarda, toda encantada. Las campanadas inundaban la habitación, acompañando las risitas y los gemidos.
Benito y el seminarista tenían cansado el brazo, pero la satisfacción que sentían los impulsaba a continuar.
"¡Qué te pasa, pendejo de mierda!" le gritó Paco a su primo bajo el marco de la puerta, cargando un ramillete de violetas en la mano derecha. Abelarda, al ver a Paco, comenzó a llorar. Paco golpeaba a Benito, y este apenas podía cubrir su cara. Le temblaban las piernas. Furioso, apasionado, asesino.
La campana seguía cantando y la feligresía se aglomeraba, haciéndole sentir al seminarista la amorosa presencia de Dios en su vida.
"Déjalo, Paco, ya basta. Lo vas a matar". Paco salió del trance, y se retiró escandalosamente de la pecaminosa habitación. Benito yacía desnudo junto a la cama bañado en sangre. No respiraba.
Una parvada desorientada voló a través del campanario, haciéndolo perder el equilibro y obligándolo a caer de bruces frente a la fachada de la octogenaria construcción.
El seminarista adelantó su llegada al palacio del Padre, encontrándose en la fila para la audiencia con San Pedro a un hombre desnudo con el rostro desfigurado, que no se dejaba de manosear e inspeccionar las nuevas alas que tenía en los omóplatos. La campana dejó de cantar, pero Abelarda nunca dejó de llorar. Furiosa, apasionada, melancólica.

sábado, 4 de enero de 2020

Kraken.




La luz del sol y las ráfagas del viento otoñal caldeaban los ánimos del Kraken. Los ingresos de los hoteles de la costa, evidentemente, habían caído. En un poste de madera, junto a la garita del salvavidas en una playita privada, la bandera de color rojo estaba izada, indicando la imposibilidad de poder nadar en el mar. Una pareja de recién casados, obesos, de pupilas verdes y cabellos dorados, de manera confiada la arriaron, sustituyendo a la bandera roja por una verde. Se desprendieron de sus holgadas prendas, quedando solo en ropa interior, ayudándose mutuamente embetunando sus cuerpos en protector solar. Comenzaron a caminar hacia el mar mientras la criatura chapoteaba con sus tentáculos, eufórico e iracundo. El salvavidas, que apenas se estaba bajando de la torre de guardia debido al cambio de turno, los encaró: "Oigan, ustedes dos, ¿no vieron la bandera? No está permitido entrar al océano, el Kraken lleva ya varios días en nuestra costa" les dijo incrédulo. "Despreocúpese joven, nosotros ya nos percatamos de la bandera, por lo tanto, para poder meternos al mar, ya la cambiamos por una verde" le dijo la mujer señalando con el índice la bandera recién puesta, mientras su pareja le rodeaba el cuello con su diabético brazo a modo de protección. "¿No están viendo lo que está frente a ustedes?" les preguntó mientras los inspeccionaba con miradas de extrañeza, frunciendo el ceño.  “Si, ya nos percatamos, pero no estamos acostumbrados a obedecer a gente inferior a nosotros. Así que, por favor, hágase a un lado y déjenos disfrutar nuestros pocos días en la playa, que mucho esfuerzo y dinero nos costaron" le respondió con displicencia el gordo al salvavidas, dejándolo confundido y con cara de idiota. Aumentaron la rapidez de su trote y juntos, agarrados de la mano, se precipitaron al océano en modo de clavado, cayendo en las hambrientas fauces del monstruo.

Coqueteo.

"La verdad no soy bueno para esto, siempre me ha dado pena acercarme a mujeres tan...tan bonitas como tú. Los que pasan junto a mi se burlan, pero no me importa, lo único que me importa es tu aceptación... ¿quieres salir conmigo esta noche?". El hombre esperaba la respuesta muerto de nervios afuera de la tienda, en el pasillo principal del centro comercial. Mientras tanto, resguardada por el vidrio del escaparate, la maniquí guardaba silencio, meditando la invitación. Al final, la respuesta fue negativa, ya que su pretendiente llevaba colgado al cuello una bufanda de la tienda rival.

jueves, 19 de diciembre de 2019

El epitafio de Vanessa.


Mi vida comenzó dentro de un huevo. Una vez libre, me arrastré convertida en un ser blando y cilíndrico para, posteriormente, aprisionarme de nueva cuenta, ahora en una crisálida. Para mi sorpresa, muchísimo antes de que yo estuviera planeada, mis padres ya me habían bautizado con el nombre de Vanessa, y de esa manera heredé el nombre de todo mi árbol genealógico. Además del nombre, físicamente todas nos parecemos muchísimo, casi idénticas, pero si logras escrutarnos con detalle, muy a pesar que compartimos los mismos colores, la proporción y distribución de estos a lo largo y ancho de nuestras alas no es el mismo. Me gustan mis tonos, negros y anaranjados, y honestamente me llena de orgullo decirlo: soy única e irrepetible. Cabe decirlo, en mis subversivos años envidiaba a mis primas que se vanagloriaban por sus colores, mas brillantes y exóticos que los propios, pero hoy por hoy, si tuviera la oportunidad de modificarme, no la tomaría.
Siempre que se me pregunta de donde obtuve mi amplio conocimiento y sagaz visión respecto al mundo y su funcionamiento, yo lo atribuyo siempre al largo circuito que terminé no hace mucho tiempo. Tanto África como Europa tuvieron la fortuna de ver nuestra unidad y perseverancia como especie. Primeramente, el aprender a aletear era algo indispensable, que después de días de practicas incansables y noches de llantos y estrés, lo logré. Vuelos de entrenamiento, así les llaman en la colonia. No me gusta mentir, así que no voy a ensalzar mis habilidades aerodinámicas: yo nunca fui la mejor, pero si la más perseverante. Una vez graduada y finalizadas las despedidas, comenzó la aventura de mi vida. Cuando terminamos de sobrevolar los Alpes, después de consultarlo y someterlo a votación,  tomamos la decisión de descansar en Barcelona un par de días. Una vez finalizada la vacación, con ayuda de mi brújula interna, me adentré en el vasto Mediterráneo y logré volar durante aproximadamente seiscientos kilómetros.
Poco a poco las fuerzas me flaqueaban, pero el planeo se facilitó con súbitas ráfagas de viento que me impulsaban y me daban un poco de ventaja, un vientecito que me ayudaba a seguir adelante. Cuando mi cuerpo no rendía para más y creía que estaba a punto de dejarme devorar por Caribdis, vi algo que no creí que fuera a extrañar tanto, tierra. En ese lugar,  árido y seco, descansamos. Tristemente, debido a la fatiga extrema que todas sentíamos, muchas amigas mías se descuidaron y terminaron siendo cena de los depredadores locales. Desde entonces, las arañas y yo no congeniamos. Llorando a mis parientes, me di cuenta que aún no estábamos seguras ahí, y nos vimos obligadas a retomar el vuelo. Habiendo sobrevolado el Sahara, un tanto desorientadas, llegamos a una zona más verde que amarilla, más fresca que árida, con más colores y animales, más bonita, pues. Fue ahí donde finalmente decidí asentarme y reproducirme. Debido a mi inteligencia y belleza superior con respecto a mis amigas, no me costó trabajo encontrar a un macho que bailoteaba en una de las cimas de las colinas colindantes, todo para llamar mi atención. El gesto me dio mucha ternura, así que le di una oportunidad. Mis crías son apenas unos huevos, pero en sueños las observo, todas juntas, viajando por el mundo y recolectado memorias. Ya les tocara a ellas compartir su historia.

sábado, 7 de diciembre de 2019

El lago encantado.




Un caballero, con aire quijotesco, salió de una cabañita que moría lentamente, abandonada a su suerte. Hombre alto y delgado, con el rostro cansado y unas grandes ojeras que colgaban de sus cuencas. Los girasoles rodeaban a la cabaña, el lago limítrofe era azul cristalino y el sol se ocultaba en poniente. Salió sacudiéndose el polvo de la herrumbrada armadura, aún amodorrado. La barbilla le colgaba del mentón, con canas filtrándosele. Metiéndose los dedos a la boca, ladeándose hacia atrás, lanzó un silbido. Con el rostro ruborizado y los pulmones vacíos, se dejó caer sobre su retaguardia, quitándole la vida a cuatro girasoles. El descanso no fue prolongado, ya que medio minuto después apareció un corcel, blanco como la nieve y majestuoso como cualquier catedral decimonónica. Lo montó y juntos emprendieron el trote. Pasaron por llanuras espesas manchadas de verde, dejándolo apreciar la belleza del reino. A lo lejos, logró vislumbrar un castillo al calce de una pequeña montaña. Al llegar a la torre barbacana, observó con detenimiento el escudo de armas de la casa que antes lo habitaba. Un fauno sentado que tocaba la flauta rodeado de árboles, símbolo que representaba al gremio oracular al que esta familia real había pertenecido. Entró, y en la plaza de armas del castillo sólo halló destrucción. Cadáveres calcinados, abandonados. El caballero se peinaba la barbilla, de arriba hacia abajo, fingiendo parsimonia. Se apeó del caballo y examinó el lugar. Caminó por el adarve y las torres de caballería, inhalando las animas de las familias perdidas. Al llegar a la torre de homenaje, escucho el aleteo del evidente causante de la destrucción del lugar. Grande y con color purpureo, lucía una cicatriz en uno de sus costados. Las escamas hedían a odio y venganza, y su boca expectoraba fuego. El dragón se hallaba en posición de descanso mientras observaba el despertar de la luna, pero rápidamente volteó su cabeza al escuchar el desenvainamiento de una de las espadas más fuertes y mágicas jamás fraguadas en la historia del feudo. Un largo grujido, lastimero y doliente, despertó de su letargo infinito a todos los fantasmas del castillo.





miércoles, 27 de noviembre de 2019

Rojo carmesí.





El perro aullaba bajo el olmo que estaba frente al portal de la casa, pronosticando la fatalidad. Desde el estudio se apreciaba en cuarto menguante al satélite natural, cuya luz entraba a través de la sucia ventana, dándole claridad a la noche que invadía al cuarto, minimizando la penumbra absoluta. El pintor, orgulloso, soberbio e imbatible, trabajaba en su última obra. El sudor le perlaba la frente. La mano izquierda cargaba la paleta, que era ya una amalgama desfigurada y desvirtuada de colores. Sobre el óleo, desbordando melancolía, trazaba el oleaje marítimo que estaba junto a un minúsculo pueblo pesquero. En este se veía como la luna, casi naranja, se reflejaba en el espejo acuático. En el pueblo se observaban diminutas partículas bioluminiscentes que corrían de un lado a otro, simulando luciérnagas. Las luces de las humildes cabañas estaban prendidas, compartiendo el mismo color que la luna. La gente estaba frente a sus casas sentadas en una mecedora o bien, en el terroso asfalto, masticando y compartiendo tabaco mientras debatían sus experiencias del día con el vecino. En una esquina, casi imperceptible, un mercado de mariscos a punto de cerrar, con los comerciantes y pescadores mentalizándose para la jornada próxima. Las manadas callejeras acosaban a transeúntes despistados, causándoles pavor, obligándolos a corregir la ruta que tomarían para llegar a su casa. Una mujer se entregaba a su pareja, sacrificando la noche, el aliento y el fresco clima, haciéndole honor y rindiéndole culto a la pintura de Safo que colgaba de su púrpura pared. Un circo ambulante montaba la carpa para la función matutina, roja y blanca, así como el maquillaje de su personal. Una hoguera común daba calor y hospitalidad a los que regularmente no la tenían. Frente al pueblo, en el despostillado muelle, barcos pesqueros decrépitos daban indicio de una economía que se acercaba a una inminente recesión. Las noctilucas salían y brillaban, acompasando su fulgor con la fauna marítima. En la noche que corría y en la desaseada habitación, era un cuadro vivo, que transmitía vida, color y esperanza. El pintor, satisfecho con su obra recién finalizada, se estiró un poco, analizándola, con los brazos en el aire y haciendo una mueca. Logró darse cuenta que le faltaba el último detalle. Un poco lúgubre pero sonriente al mismo tiempo, tomó del piso el calibre .22, abrió la boca simulando a una serpiente que devoraba a un resignado roedor, se metió la pistola y apuntando al paladar, jaló el gatillo. Cuando el olor se convirtió en hedor y comenzó a molestar a los vecinos, uno de ellos entró a la casa. En el estudio, un cuarto desamueblado y maltratado, el vecino solamente halló un óleo en blanco manchado con una artística salpicadura de sangre, frente a un cuerpo que yacía inerte en el suelo, flotando en un charco rojo carmesí.







domingo, 17 de noviembre de 2019

El hombre de hojalata.





Se despierta, se encera los cabellos que se resisten a la calvicie y se viste con su juego predilecto, un traje (con detalle en la solapa) color azul Oxford y una corbata color salmón. Asiste al trabajo, termina la jornada y se regresa manejando, mientras hace berrinche a causa de la mala paga y fantasea que atropella a los kamikazes que cruzan la avenida. Hace explícito su enojo a su familia, gritándoles y maldiciéndoles, así todos los días de su miserable vida. Un hombre hueco y sin sentimientos, coincidentemente, descorazonado. Tengámosles compasión, ya que con el tiempo se oxidan y corroen más. No seamos hombres de hojalata.

viernes, 8 de noviembre de 2019

Al Sancho.


El cómplice, el íntimo, el amigo; valiente y honesto, inteligente y nada soberbio. Gracias, Sancho, por ser fuente de confianza y hermandad desinteresada. Gracias por tu presencia en mi vida, que fue báculo en batallas que yo creía perdidas. Prepara las armas y las vituallas, amigo Sancho, y montemos, cabalguemos y viajemos juntos; evitemos envidias y peleas absurdas en conjunto. Demostremos que el amor filial entre gente no familiar existe y es posible, fuerte y entero. En fin, Sancho mío, gracias por ser mi escudero.

sábado, 2 de noviembre de 2019

La potosina.

Al ver los puntiagudos y rojizos cabellos de la que enseñaba física, yo me fugaba del salón y me disponía a visitar los escenarios del libro que se abriera ante mi; ese día, yo combatía a Grendel, mano a mano con Beowulf, el héroe gauta. Interrumpiendo mis hazañas, una voz me preguntó: "Oye ¿a ti te gustaría dedicarte a crear historias que inspiren a los demás? ¿Te gustaría ser uno de los grandes de la literatura nacional? ¿Te gustaría ser el Sergio Pitol mazatleco? ¿Te gustaría que tu nombre estuviera en los libros de texto de tus propios hijos? ¿Te gustaría ganarte tu lugar en la Apoteosis de Homero, ahí entre Tasso y Mozart, o mejor dicho, entre la Ilíada y la Odisea, a los pies del maestro?". Al estar casi seguro que no había oído con claridad, le pedí que me repitiera su pregunta: "Que si me puedes ayudar con mi tarea de redacción, pinche sordo" me dijo apuñalándome la interlocutoraarriesgándose a perder mi buena voluntad. "¿En qué consiste?" le pregunté, ignorando la ofensa y a la maestra que intentaba resolver una maquina de Atwood (a los pocos minutos le pidió ayuda al inteligente del salón) "Tengo que hacer un escrito con base en una foto de cualquier compañero del taller, mira, es esta". Para mi sorpresa, me enseñó la foto de una niña de la cual yo estaba enamorado (la niña, obviamente, iba a la misma clase de redacción). Me puse nervioso y me sonrojé. La que no quería hacer la tarea lo notó, y se burló de mis falsas esperanzas. Después de analizar mi situación, me consagré a la obligación que tenía de hacer una redacción que estuviera a la altura de su perfección, tarea prácticamente imposible. El escrito resultó de la siguiente manera:

Las llamaradas estivales azotaban tácitamente los tejados neoyorkinos. El tráfico viandantal fluctuaba en las avenidas, a la par que el bullicio popular favorecía el detrimento de la tranquilidad, propio de cualquier capital mundial. Estrés, adulterio opacando la monogamia, eufemismos restando la magnitud verbal de maldiciones que flotaban en el ambiente. Había politeístas, artistas, mañosos, birladores e hijos de puta (literal y metafóricamente); lo verdaderamente importante es acotar la diversidad cultural y social de la ciudad.
Frente a los grandes ortejos (uña encarnada y mohosa) de la estatua de la libertad, una niña potosina, inteligentísima y bonitísima, poseedora de todos los calificativos positivos dentro de la semántica de belleza y perfección, junto a su madre y hermana, se tomaba una selfie, inmortalizando el momento. Posteriormente pasearon por el circuito de Broadway.

Mientras el inteligente del salón obtenía la fricción de la polea, yo le entregaba la tarea a la que no la quiso hacer, esperando que un día la niña que era dueña de mi corazón lo pudiera leer y me diera sus críticas, constructivas o destructivas, no me importaba, siempre y cuando vinieran de ella.

domingo, 27 de octubre de 2019

Edén.

Adán estaba dormitando. Disfrutaba de sentir el césped bajo sus desnudos omóplatos, mientras la sombra del almendro lo cubría del sol. El tigre que olfateaba su aroma y lo atisbaba con fehaciente cautela, después de varios minutos, se dejó acariciar por la palma del hombre, así como toda la fauna salvaje del jardín. A lo lejos, vio a Eva aproximarse, dando brinquitos, con una serpiente anudada a su cuello, que le siseaba algo al oído mientras ella masticaba con inocencia una manzana de un color rojo penetrante. Su mano derecha cargaba una cesta llena de estas. El rostro de Eva al cruzarse con la atónita mirada de Adán demudó; alzaron la mirada al cielo y juntos, abrazados y con los ojos llorosos, rogaron por clemencia.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Urbanidad.


"Por fin tengo una razón para saltar de la cama y ser feliz." pensó para sí el estudiante de medicina, que después de superar una ruptura, se hallaba de nueva cuenta enamorado de la inescrutabilidad de la vida. Más tarde, caminando por la calle con destino a su facultad, fue atropellado por un conductor irresponsable, que al no respetar la vialidad, hizo que su cráneo chocara contra el bache que el gobierno municipal nunca arregló, matándolo al instante. Más al sur, en una zona con menor infraestructura, una pareja bombardeada de infidelidades y decepciones resolvía todos sus problemas de pareja concibiendo a un nuevo ser, para poder amarlo y quererlo incondicionalmente. En el extremo opuesto, un joven (infeliz que había heredado la constructora de su padrino) ingeniero se suicidaba inhalando los monóxidos de su convertible rojo, el último grito de la moda automotriz, dejando su carta de despedida en el asiento del copiloto. En el centro de la ciudad, a un adolescente que provenía de una de las zonas marginadas del país le era anunciada, desde una cabina telefónica, la obtención del trabajo que necesitaba para mantener a su hermana embarazada. A dos cuadras de la cabina, durante una clase de geografía, un niño gordo y pecoso saboreaba su primer decepción amorosa, después de declararle su amor a la única niña desarrollada del salón. Todo esto y otras vicisitudes propias de la urbanidad las observaba la vidente (o como ella se hacía llamar, "Licenciada en Futurología") desde el cutre establo, rodeada de paja y cerdos, mientras sonreía y prestidigitaba la mística baraja (que había obtenido en una pelea de gallos en Catemaco, Veracruz), viendo con deleite el torrente de misterio e ilusionismo que se anteponía, translucido y brillante, frente a sus ojos.

lunes, 14 de octubre de 2019

El Abelardo y la Eloísa.

El torbellino de sentimientos y emociones que taladraban la conciencia de Horacio, paulatinamente, llegaron a su punto álgido cuando, escrutando hacia el interior de la casa de su novia, a través de los grandes ventanales que se hallaban en la fachada de la misma, observó con lucidez detectivesca a su novia entregándose a un cuerpo y a unos brazos que no eran los de él. No sabía que hacer, como es natural en situaciones como esta. El ramo de girasoles que cargaba lentamente se le hizo excesivamente pesado, así que para despojarse de él, lo arrojó con fuerza a la ventana del carro de su suegro, detonando la alarma antirrobos (eran muchos girasoles). La sirena pareció no preocupar a los amantes, ya que ellos, sin inmutarse, siguieron descubriendo los sabores de su prójimo. Se sintió ofendido e infravalorado hasta al cero absoluto, tantito mas abajo que el cero que él utilizaba en sus clases de matemáticas financieras. Dando grandes zancadas, se dirigió a la puerta principal, pateándola con la punta del pie, imaginándose que la entrada a la casa era el atractivo rostro del responsable de la tentación de su novia. Apenas abrió un pequeño boquete a la puerta, a la altura de su cadera. Encolerizado por la falta de fuerza, la volvió a patear, haciendo el orificio más grande. Y fue ahí cuando, asomándose, los vio; a los amantes incomprendidos, al Abelardo y a la Eloísa del siglo XXI. Eloisa ya estaba dispuesta a quitarse el minúsculo corpiño que cubría sus níveos pechos cuando, el Abelardo, notó un rostro endiablado que los observaba a través de la puerta rota, soltando humo por las narices. La alarma seguía sonando, y los vecinos comenzaban a asomarse. "¿Qué chingados?" exclamó confundido Abelardo mientras se ponía sus pantalones y se encaminaba a la puerta para confrontar al intruso. Horacio ya lo esperaba del otro lado, con su puño listo para fundirse en el pómulo del galán. Al abrir la puerta, Abelardo, recibió el golpe, cayendo de espaldas, con cero de sentido de orientación espacial. Eloísa gritó y corrió hacia la cocina, dejando su falda corta encima del sillón donde con anterioridad se hallaba. Horacio se posó encima de Abelardo, y comenzó a golpearle el rostro, mientras le maldecía y le calumniaba con desgracias eternas. Los vecinos, al escuchar lo que pasaba en la casa, llamaron al número de emergencias. "Buenas noches, cre-creo que se e-estan metiendo a robar a la ca-casa de mi vecino" *Silencio de parte del vecino al escuchar las indicaciones de su interlocutor* "Claro, cla-claro, la dirección es la siguiente..." dijo el vecino tartamudo. Cuando Horacio se cansó de golpear y Abelardo de ser golpeado, una segunda Eloísa bajó por las escaleras, con la cara hinchada, dejando en claro que recién se despertaba. Fue ahí cuando Horacio recordó que su novia le había llegado a comentar en alguna cita que ella tenía una hermana gemela y que ya no podía esperar para presentársela. Pálido del miedo y de la consiguiente vergüenza, se paró y mientras se rascaba el cuero cabelludo, comenzó a disculparse; con Abelardo inconsciente y sangrante en la entrada de su casa, una gemela llorando semidesnuda en la cocina, el carro con la sirena activada, la puerta rota y la policía en camino. Sofia (que era el nombre de la novia "original") no podía procesar lo que estaba viendo, recién acaba de despertar de un sueño no tan loco como lo que estaba viviendo. "Perdón, perdón, perdón, esto no es lo que parece" fue una de las muchas excusas que dijo a su atareada novia. En media explicación, la policía entró en escena, esposando de inmediato al compungido Horacio, creyendo en realidad que se trataba de un ladrón que había acribillado a golpes al atractivo joven que se hallaba en el suelo, en su heroico intento de defender la casa. Solamente estuvo media hora en la comisaria, ya que Abelardo había recobrado la conciencia y había contado su versión de los hechos, y esta coincidía con la de la gemela exhibida (cuyo nombre, honestamente, no nos importa). Al final, los padres de Horacio tuvieron que pagar una multa por alteración del orden público, para poder así liberar a su pasional hijo. A la gemela exhibida la castigaron, ya que, a diferencia de su hermana, ella tendía a sucumbir con facilidad a las tentaciones de la carne y, sus padres, al notarlo (descubrirla), le prohibieron fehacientemente tener novio hasta que se acercara a la eucaristía que se impartía todos los domingos en la parroquia de la cuadra. Sofía, casi obviamente, terminó su relación con Horacio, y este, aprovechando la soledad de la ruptura y haciendo momentos de autorreflexión, llegó a la conclusión que no le gustaba el rumbo que estaba tomando su vida y, armado de valor, se mudó de con sus padres para perseguir sus sueños de convertirse en un cineasta famoso y reconocido. Su experiencia con Sofía y su fatídico final le valió de experiencia e inspiración para su primer largometraje, que le brindó un puñado de premios y un aletargado reconocimiento nacional. 

sábado, 24 de agosto de 2019

Ernesto el Vampiro.

Encontrar a una niña bonita en una facultad de ingeniería es como encontrar un zafiro de Birmania enterrado en el patio de una casa abandonada a la suerte del tiempo, o sea, poco probable (Tú, niña bonita de ingeniería, eres uno de esos zafiros). Así que, una vez hallando una por mera clemencia del universo hacia un desalentado universitario novato, decidí invertir una fracción de mi tiempo y de la clase siguiente en la conversación con ella, ocasionandome llegar veinte minutos tarde al salón. De igual manera, al entrar e interrumpir la cátedra, fui víctima de las miradas de reproche de mis compañeros, puntiagudas como tijeras de punta roma, inofensivas a simple vista pero letales si se usan con la destreza y habilidad necesaria. Después de dictarnos tecnicismos de las ciencias de la comunicación, la maestra anotó en el pizarrón las siguientes palabras: "Ovni, Payaso, Vampiro, Girasol, Amarillo, Rojo, Niño, Tren, Policía". El listado representaba palabras con las que quería que redactáramos un cuento en un intervalo de cinco minutos. El resultado, sin pena ni gloria, fue el siguiente: 

(La versión mostrada fue sometida a varias correcciones ortográficas, gramaticales y de estilo) 

*El tren avanzaba lentamente y con esfuerzo contra la tormenta. Después de horas de trayecto y con el cielo ahora despejado, este llegó a la Estación del Girasol. Gilberto el Payaso, con nariz roja, peluca verde y un overol multicolor, resignado, se apeó del tren y camino hasta donde se hallaba un policía de la estación, ya que era la primera vez que se presentaba en esa ciudad. El entrecruzamiento de las avenidas le parecía similar a laberintos habitados por minotauros y explorados por héroes que les daban caza. Un niño, al ver a Gilberto el Payaso anotando las indicaciones que le dictaba el policía (cuyo uniforme, contrariando las normas de vestimenta establecida, era una estrambótica combinación de rojo y amarillo) en un pedazo que arrancó del periódico que anteriormente cargaba bajo la axila, corrió y se prendió del talle de su madre y, resguardado por la voluptuosidad de la mujer, se echó a llorar. Gilberto, con empatía, bajó la vista y lo observó. "Posiblemente, si yo me viera a mi mismo, también me echaría a llorar". Mientras estudiaba la licenciatura en teatro, el ser contratado para fiestas infantiles no figuraba dentro de su proyecto de vida. Prendió un cigarrillo y se replanteó en lo que se había convertido su existencia. Una vez anotadas y supuestamente entendidas las indicaciones, un espectacular que hacía promoción a la película de moda con letras tridimensionales y rojizas "La guerra de los mundos, el retorno de los Marcianos", no pasó desapercibido por la atención de Gilberto. Este tenía caricaturas del prototipo básico e incluso inmaduro de la palabra "ovni", simples discos voladores manejados por criaturillas verdes. Al llegar a la ubicación, después de media cajetilla y de planteamientos de dudas existenciales que se quedaron sin respuesta, a lo lejos distinguió la única casa del vecindario que era rodeada por niños que parloteaban y gritaban. Resopló e intento sonreír, tratandole de dar la mejor cara a la vida pero, cuando llegó al destino, observó con espanto a los niños, y más aún a la fachada de la casa. Esta se hallaba adornada con calabazas, murciélagos y gatos negros. Los niños eran burdas imitaciones de hombres lobo, momias, zombis y brujas. Fue en ese momento cuando recordó la verdadera petición; habían contratado a Ernesto el Vampiro, no a Gilberto el Payaso.*


Al finalizar la lectura y de soltar una risilla tierna que me recordó a mi maestra de Geometría y Trigonometría de la prepa, me dijo con una afable sonrisa en el rostro "Está bueno". La sinceridad me llegó al corazón. Fue ahí cuando, solemnemente, le prometí en silencio no volver a infravalorar su clase a consecuencia de las distracciones que ocasionan las niñas bonitas de la Facultad de Ingeniería.

sábado, 10 de agosto de 2019

Carrusel.


Al tercer año de mi vida, las montañas rusas y el algodón de azúcar me eran indiferentes. El arrebol era señal del inicio de la faena. Cuando a través de la bocina se escuchaba una canción de carnaval, comenzábamos el movimiento de traslación, con las crines peinadas y mentalizados a tolerar la masa de niños obesos con coulrofobia. Mi existencia era una circular, interminable y tempestivamente carente de sentido. A mí derecha, había un perro. Debido a su altura, muy pocos niños lo montaban, con la excepción de los más pequeños. Trémulamente me confesaba que eso no le representaba un problema, ya que había escuchado de elefantes y ponis que, debido a un excesivo y peliagudo trabajo, terminaban con lesiones en las coyunturas, viéndose los encargados con la necesidad de reemplazarlos por una versión más moderna y ergonómica. Todos mis compañeros se veían felices, como si no les importara vivir para servir a infantes malcriados. La cebra de mi izquierda relinchaba feliz mientras yo la veía con desagrado, ya que trataba de imitar a la media de la empresa. Me vi harto y desesperado, exasperado por el niño que lloraba como si no le fuera suficiente montar al caballo más atractivo y veloz del carrusel. Me balanceé de derecha a izquierda con toda la vehemencia que me era posible, tratando de liberarme de mi prisión, tratando de alcanzar la libertad que me fue arrebatada al nacer. Luché con fuerza contra el mecanismo que me ataba, relinchando del cansancio. Al final, mi cuerpo de plomo colisionó contra el césped, rompiéndose a la mitad (y fracturándole una pierna al niño); pero mi espíritu aventurero huyó galopando, libre y regocijante hacia donde la madre tierra le pedía su presencia.

Kimono azul.

La noche estaba en su auge. La luna llena iluminaba las habitaciones filtrándose por la ventana. Abelardo soñaba que volaba. En el s...